Siempre veía a mi abuelo en las noches, cuando se adentraba al campo con machete y pala en mano para recorrer sus tierras. Hubo una ocasión, después de la cena, en la que aquel hombre tan sabio me contó algo que siempre tenía presente en la memoria y que cambió su forma de pensar sobre los misterios que aparecen cuando la luz se apaga y la penumbra se asienta en todos los lugares donde lo fantástico aún vive junto a lo real.
Como dije: a mi abuelo le gustaba caminar mucho por el campo y, cuando la noche avanzaba más allá de las doce, salía con frecuencia a custodiar aquellas estaciones de su propiedad. Una noche, al encontrarlo mirando el negro y estrellado cielo afuera de su casa de aspecto rústico, me dijo:
—Hay que tenerle mucho respeto a la tierra, hijo, y a las noches de luna llena.
—¿Y por qué me dice esto, abuelo? —le pregunté un poco sorprendido.
—En los campos se guardan muchos secretos… —musitó mi abuelo con la vista puesta en la luna.
—¿Alguna vez te encontraste con algo que nunca pudiste explicar? —le pregunté.
—Sí —me dijo, mirando el oscuro firmamento donde la luna y las estrellas brillaban con esplendor.
—Cuénteme, abuelo, ¿qué fue lo que encontró? ¿O qué fue lo que vio?...
—Hace mucho tiempo, cuando era joven, me gustaba ir en las noches montado en mi viejo asno hasta llegar a la “Playa del Brujo”; un lugar muy cerca de aquí, al que, a paso de burro, se llega casi al amanecer.
—¿Y qué fue lo que hallaba cuando visitaba aquella lejana playa? —le pregunté.
—Cuando me dirigía por aquel camino, donde a pocos metros ya se podía escuchar en el silencio de la madrugada las olas del mar, observé un sendero que se desviaba hacia un costado y se abría hacia un bosque de algarrobos. Allí vi una extraña luz, como de hoguera. La curiosidad me llevó hasta ese lugar, y en medio del campo un grupo de hombres estaba reunido. En sus manos, cada uno llevaba un pequeño vaso con un líquido especial. Parecían estar celebrando algo, y sus rostros, al beber pequeños sorbos de esas copas, se llenaban de felicidad.
—Pero eso es normal, abuelo. La gente se pone feliz cuando bebe —le dije—. Muchas personas se reúnen en las noches para beber alumbrados por alguna fogata —agregué, mirando sus ojos de un brillo especial.
—No, hijo. Esta gente que estaba reunida ahí, brindando con esos vasos llenos de aquel extraño líquido, tenía el rostro rebosante de goce, paz y alegría. Como si algo celestial y puro los acariciara y los mirara. Cerraban los ojos y sonreían en silencio. Sus expresiones eran de personas que habían encontrado algo maravilloso en su existencia y en esa bebida misteriosa.
—Seguramente estaban ebrios, y aquello era chicha, la bebida predilecta de los incas. La gente de ahora la sigue fabricando y bebiendo en sus reuniones —le dije.
—¡No, hijo!... —respondió muy serio—. Eso fue lo que pensé en primera instancia. Pero esta bebida que tomaban esas personas era otra cosa. Y la verdad te digo: sí sabía a chicha, pero no era una chicha común. Tenía un aspecto dorado y un sabor único —dijo mi abuelo, mirándome directamente a los ojos.
—¿Entonces pudo probarla?
—Sí, la probé y efectivamente sabía a chicha. Pero era una chicha única.
—¿Y qué más pasó, abuelo?...
—Después de que se dieron cuenta de que yo los observaba, uno de ellos se me acercó y me dijo: “Bebe, hermano, y verás a los espíritus de la madre tierra”. Cuando bebí un sorbo, al principio no veía nada ni sentía nada. Pero el sabor de esa chicha dorada era algo celestial en el paladar, tanto que llamaba a la boca a beber más. De pronto, asombrado, vi unas pequeñas luces que brotaban del suelo. Era algo mágico y único. Y sin esperar más, sentí una sensación de paz que se adentraba en mi alma, un amor inimaginable por aquellas lucecitas semejantes a luciérnagas, que se acercaban, me acariciaban y me transmitían algo nuevo y especial en mi ser. En ese trance de felicidad y asombro, podía ver el equilibrio de las plantas y los animales, la paz de la callada noche y de sus criaturas que dormían entre los árboles y matorrales. Me desconecté de la tierra y me adentré al mundo de aquellos espíritus que estaban en constante vigilia, cubriendo con su mágica vida todo lo natural y puro, haciendo más maravillosa la noche en ese lugar lleno de fauna y vida salvaje, muy cerca del mar. Cuidaban el sueño de toda vida que los rodeaba y de todos sus elementos —dijo mi abuelo con los ojos brillosos de emoción.
Cuando terminó de hablar, lo miré maravillado y le pregunté:
—¿Y qué pasó después? ¿Quién había fabricado esa chicha?
—Hijo, fascinado por aquella experiencia, me dispuse a preguntar a uno de esos hombres sobre el origen de tan extraordinaria bebida. Y aquel hombre que primero se me acercó y me ofreció la bebida me contó: “Hace unos años, no muy lejos de aquí, en una huaca cerca del mar, donde también yacen unas extrañas ruinas, unos huaqueros encontraron cántaros llenos de este líquido misterioso. Al verlo resplandeciente, se dispusieron a probarlo. Después de unas horas de beber, comenzaron a experimentar todas estas cosas maravillosas”.
—¿Entonces es una bebida que dejaron en las huacas aquellos que habitaban antiguamente estas tierras? —le dije sorprendido.
—¡Así es, hijo! Aquellos huaqueros tenían en su poder esos cántaros llenos de este fascinante líquido.
—¿Y luego qué pasó? ¿Los volvió a ver nuevamente? —le pregunté emocionado por la historia.
—Pasaron muchos días y no podía olvidar aquel encuentro con esos huaqueros. Les conté a todos sobre aquel evento de aquella noche, pero nadie me creyó. Incluso algunos amigos pensaban que había perdido la razón cuando me encontraba en mi viejo asno camino a la playa. A esos hombres también los busqué por el campo y por el bosque de espinos y algarrobos cerca del mar. Por un tiempo me obsesioné tanto que pensé que me volvería loco por no encontrarlos. Pasaron los años y no los pude hallar. Me casé con tu abuela y, a escondidas, seguí recorriendo aquella playa en busca de esos huaqueros y su bebida especial. Ya después, con el nacimiento de tu padre, olvidé aquel extraño suceso y nunca más volví a hablar de esto con nadie, hasta ahora que te lo cuento a ti. Pero te digo un secreto, hijo… A veces, en las noches, aún salgo en busca de esos hombres y de su chicha dorada.
Mauricio Lozano






