martes, 7 de diciembre de 2021

LA CHICHA DORADA

Siempre veía a mi abuelo en las noches, cuando se adentraba al campo con machete y pala en mano para recorrer sus tierras. Hubo una ocasión, después de la cena, en la que aquel hombre tan sabio me contó algo que siempre tenía presente en la memoria y que cambió su forma de pensar sobre los misterios que aparecen cuando la luz se apaga y la penumbra se asienta en todos los lugares donde lo fantástico aún vive junto a lo real.

Como dije: a mi abuelo le gustaba caminar mucho por el campo y, cuando la noche avanzaba más allá de las doce, salía con frecuencia a custodiar aquellas estaciones de su propiedad. Una noche, al encontrarlo mirando el negro y estrellado cielo afuera de su casa de aspecto rústico, me dijo:

—Hay que tenerle mucho respeto a la tierra, hijo, y a las noches de luna llena.

—¿Y por qué me dice esto, abuelo? —le pregunté un poco sorprendido.

—En los campos se guardan muchos secretos… —musitó mi abuelo con la vista puesta en la luna.

—¿Alguna vez te encontraste con algo que nunca pudiste explicar? —le pregunté.

—Sí —me dijo, mirando el oscuro firmamento donde la luna y las estrellas brillaban con esplendor.

—Cuénteme, abuelo, ¿qué fue lo que encontró? ¿O qué fue lo que vio?...

—Hace mucho tiempo, cuando era joven, me gustaba ir en las noches montado en mi viejo asno hasta llegar a la “Playa del Brujo”; un lugar muy cerca de aquí, al que, a paso de burro, se llega casi al amanecer.

—¿Y qué fue lo que hallaba cuando visitaba aquella lejana playa? —le pregunté.

—Cuando me dirigía por aquel camino, donde a pocos metros ya se podía escuchar en el silencio de la madrugada las olas del mar, observé un sendero que se desviaba hacia un costado y se abría hacia un bosque de algarrobos. Allí vi una extraña luz, como de hoguera. La curiosidad me llevó hasta ese lugar, y en medio del campo un grupo de hombres estaba reunido. En sus manos, cada uno llevaba un pequeño vaso con un líquido especial. Parecían estar celebrando algo, y sus rostros, al beber pequeños sorbos de esas copas, se llenaban de felicidad.

—Pero eso es normal, abuelo. La gente se pone feliz cuando bebe —le dije—. Muchas personas se reúnen en las noches para beber alumbrados por alguna fogata —agregué, mirando sus ojos de un brillo especial.

—No, hijo. Esta gente que estaba reunida ahí, brindando con esos vasos llenos de aquel extraño líquido, tenía el rostro rebosante de goce, paz y alegría. Como si algo celestial y puro los acariciara y los mirara. Cerraban los ojos y sonreían en silencio. Sus expresiones eran de personas que habían encontrado algo maravilloso en su existencia y en esa bebida misteriosa.

—Seguramente estaban ebrios, y aquello era chicha, la bebida predilecta de los incas. La gente de ahora la sigue fabricando y bebiendo en sus reuniones —le dije.

—¡No, hijo!... —respondió muy serio—. Eso fue lo que pensé en primera instancia. Pero esta bebida que tomaban esas personas era otra cosa. Y la verdad te digo: sí sabía a chicha, pero no era una chicha común. Tenía un aspecto dorado y un sabor único —dijo mi abuelo, mirándome directamente a los ojos.

—¿Entonces pudo probarla?

—Sí, la probé y efectivamente sabía a chicha. Pero era una chicha única.

—¿Y qué más pasó, abuelo?...

—Después de que se dieron cuenta de que yo los observaba, uno de ellos se me acercó y me dijo: “Bebe, hermano, y verás a los espíritus de la madre tierra”. Cuando bebí un sorbo, al principio no veía nada ni sentía nada. Pero el sabor de esa chicha dorada era algo celestial en el paladar, tanto que llamaba a la boca a beber más. De pronto, asombrado, vi unas pequeñas luces que brotaban del suelo. Era algo mágico y único. Y sin esperar más, sentí una sensación de paz que se adentraba en mi alma, un amor inimaginable por aquellas lucecitas semejantes a luciérnagas, que se acercaban, me acariciaban y me transmitían algo nuevo y especial en mi ser. En ese trance de felicidad y asombro, podía ver el equilibrio de las plantas y los animales, la paz de la callada noche y de sus criaturas que dormían entre los árboles y matorrales. Me desconecté de la tierra y me adentré al mundo de aquellos espíritus que estaban en constante vigilia, cubriendo con su mágica vida todo lo natural y puro, haciendo más maravillosa la noche en ese lugar lleno de fauna y vida salvaje, muy cerca del mar. Cuidaban el sueño de toda vida que los rodeaba y de todos sus elementos —dijo mi abuelo con los ojos brillosos de emoción.

Cuando terminó de hablar, lo miré maravillado y le pregunté:

—¿Y qué pasó después? ¿Quién había fabricado esa chicha?

—Hijo, fascinado por aquella experiencia, me dispuse a preguntar a uno de esos hombres sobre el origen de tan extraordinaria bebida. Y aquel hombre que primero se me acercó y me ofreció la bebida me contó: “Hace unos años, no muy lejos de aquí, en una huaca cerca del mar, donde también yacen unas extrañas ruinas, unos huaqueros encontraron cántaros llenos de este líquido misterioso. Al verlo resplandeciente, se dispusieron a probarlo. Después de unas horas de beber, comenzaron a experimentar todas estas cosas maravillosas”.

—¿Entonces es una bebida que dejaron en las huacas aquellos que habitaban antiguamente estas tierras? —le dije sorprendido.

—¡Así es, hijo! Aquellos huaqueros tenían en su poder esos cántaros llenos de este fascinante líquido.

—¿Y luego qué pasó? ¿Los volvió a ver nuevamente? —le pregunté emocionado por la historia.

—Pasaron muchos días y no podía olvidar aquel encuentro con esos huaqueros. Les conté a todos sobre aquel evento de aquella noche, pero nadie me creyó. Incluso algunos amigos pensaban que había perdido la razón cuando me encontraba en mi viejo asno camino a la playa. A esos hombres también los busqué por el campo y por el bosque de espinos y algarrobos cerca del mar. Por un tiempo me obsesioné tanto que pensé que me volvería loco por no encontrarlos. Pasaron los años y no los pude hallar. Me casé con tu abuela y, a escondidas, seguí recorriendo aquella playa en busca de esos huaqueros y su bebida especial. Ya después, con el nacimiento de tu padre, olvidé aquel extraño suceso y nunca más volví a hablar de esto con nadie, hasta ahora que te lo cuento a ti. Pero te digo un secreto, hijo… A veces, en las noches, aún salgo en busca de esos hombres y de su chicha dorada.

Mauricio Lozano




domingo, 20 de diciembre de 2020

LA SEMILLA MILAGROSA

Durante el imperio Incaico la agricultura se centraba en la producción de panllevar, productos que los Incas Los utilizaban en su alimentación. Inclusive, a principios de la colonia, los españoles continuaron cultivando estos y otros productos traídos de España.

Fue el español Diego de Mora y Manrique quien empezó a revolucionar la agricultura en el Valle Chicama; trayendo, en forma secreta, semillas de caña de azúcar, procedentes de México. Las semillas fueron trasladadas de tumbes al Valle Chicama en mula. Por entonces, 1538, no existían vehículos motorizados. El único medio de locomoción era la acémila (Caballo, burro, buey).

Con las semillas a sus pies, Diego de Mora derramo la última gota de felicidad y de ilusión que penetro en lo mas profundo de su vida. Sin perdida de tiempo, empezó a sembrarla en su hacienda llamada Chicamita, de manera muy hermética, a fin de nadie se enterará.

Un aire tibio corría cuando el contingente de negros que sembraron las primeras semillas en un terreno debidamente preparado. Lo hicieron en la madrugada, teniendo como única compañía a la luna que brillaba con todo su esplendor, lo cual les permitía realizar el trabajo sin ningún problema.

Conforme iban creciendo los cañaverales, nadie podía pasar cerca de la plantación, la cual se veía radiante y hermosa. A las personas que, por curiosidad, tenían que cruzar por allí, don Diego les clavaba una mirada hosca y malhumorada y los hacia detener. Una vez detenidos los castigaba ejemplarmente. Dia y noche la cuidaban un buen número de negros.

La primera cosecha la realizó en 1540 y, para procesarla, mando traer desde España un trapiche de madera.

Chicamita comenzó a producir un dulce denominado marquetones o marquetas, los cuales fueron distribuidos en la ciudad de Trujillo y el Valle Chicama.

Cuando el español Pedro Cieza de León pasaba por el Valle Chicama, en setiembre de 1548, los cañaverales lucían hermosos, batiendo sus largas hojas al sentir las caricias del viento. Se mecían expresando una alegría inconfundible por haber encontrado un nuevo hogar.

Había nacido, pues, en el Valle de Chicama, algo nuevo y muy agradable que jamás se pensó que brotaría como un manantial natural inagotable.

El 5 de octubre de 1560 arribo al Valle Chicama, un grupo de gentes de alta alcurnia, entre amigos y familiares de don Diego, quienes fueron testigos de resplandecientes campos sembrados con caña de azúcar y un trapiche en pleno funcionamiento.

Mientras don Diego de Mora Impulsaba el cultivo de la caña de azúcar, los demás españoles, dueños de fundos y de haciendas, sembraba trigo, un cereal introducido al país, en forma casual por los españoles. Algunos granos, de trigo Emmeir, fueron traídos mezclados con una remesa de garbanzo, aproximadamente, aproximada, en 1540.

Se citan los nombres de tres damas españolas: María Escobar, Inés Muños y Beatriz Salcedo, como las primeras introductoras (cultivo del trigo, Ministerio de Agricultura).

A partir del terremoto de octubre de 1687, apareció en el país la enfermedad denominada “Roya Negra” o “Roya del Tallo” que elimino, prácticamente, el cultivo del trigo en el Valle de Chicama.

Ante esta situación embarazosa, los descendientes de Diego de Mora decidieron desprenderse de su egoísmo, dejando que la caña de azúcar se expandiera por todo el Valle Chicama, pintando todo el panorama de un verde esmeralda, de fe y de esperanza para las futuras generaciones.

La caña constituye la fuente más importante de azúcar, de melaza, para la elaboración de alcohol y de bagazo, para la industria de papel y cartón.

En algunos países se considera al azúcar un artículo de lujo.

Existe un buen numero de variedades de caña y se siembra en suelos extraordinariamente fértiles y productivos como los que hay en el Valle Chicama. Todas tienen características sobresalientes que se usan para identificarlas.

Aunque hay que resaltar que la caña se empezó a sembrar en tierras vírgenes, recién abiertas al cultivo y en extensiones no muy grandes, las mismas que fueron creciendo con el tiempo.

O sea que, a partir de entonces, se convirtió en la semilla milagrosa. Empezó a dar bienestar a toda la gente de la época; sin imaginarse que, 325 años después, seguiría siendo sostén de miles de familias dispersas por toda la costa peruana, concentradas en las empresas azucareras de Paramonga, Cayalti, Laredo, Casa Grande, etc.

 

Luis Chuquipoma Muñoz




                                                         

 

miércoles, 19 de agosto de 2020

EL CANTO DE LA GALLARETA

En las tardes del campo, cuando el sol se despedía con su resplandor anaranjado, mi abuelo solía recordar aquel pozo que un día tapó. Decía que allí cantaba una gallareta, cuyo canto no era simple melodía de ave, sino un presagio extraño, un anuncio de fenómenos que escapaban a lo natural. Durante años, ese sonido lo inquietó, hasta que una noche, armado de escopeta y coraje, decidió enfrentarlo.

El pozo había sido fuente de vida: de sus aguas regaba las hectáreas de maíz y la huerta de hortalizas que sostenían a la familia. Pero un amanecer trajo la desgracia. Una de sus hijas, aún niña, descubrió el cuerpo hinchado y sin vida del peón que ayudaba en la chacra, flotando en la charca. El hallazgo la marcó con un terror prematuro, y a mi abuelo con una tristeza que nunca se borró del todo. Desde entonces, el pozo dejó de ser un aliado y se convirtió en un lugar de sombras.

Al caer cada tarde, el canto de la gallareta se alzaba desde los juncos, como si la naturaleza misma quisiera recordar la tragedia. Al principio, mi abuelo lo tomó como un signo de paz, pero pronto aquel canto se volvió inquietante. Una noche, entre los espinos, creyó ver un ave blanca que se desvaneció en la oscuridad. Desde entonces, la curiosidad y el miedo lo acompañaron.

Pasaron noches enteras en vela, escuchando el canto cercano, hasta que finalmente la vio: una gallareta blanca, espectral, que emergía del agua y se posaba en el espino. Su canto se mezclaba con lamentos humanos, llantos que parecían brotar del mismo pozo donde el peón había muerto. Mi abuelo huyó despavorido, convencido de que aquella ave era la encarnación del alma condenada.

El tiempo pasó, y los rumores crecieron: peones y viajeros aseguraban escuchar los mismos lamentos en la noche. Mi abuelo, hombre de fe y trabajo, evitaba el lugar, pero la visión del ave lo perseguía. Hasta que una noche, decidido a poner fin al misterio, tomó su escopeta y enfrentó a la gallareta blanca. El disparo resonó en la oscuridad, los perros ladraron en las granjas vecinas, y el ave desapareció sin dejar rastro.

Nunca más se escuchó su canto. Nunca más se oyeron los llantos del pozo. Mi abuelo, en un acto de clausura, tapó la charca y cortó el espino. Así cerró un capítulo que, aunque parecía nacido de la ficción, fue tan real que aún se cuenta en las reuniones familiares, como una leyenda que mezcla la vida campesina con lo sobrenatural.

Mauricio Lozano



martes, 18 de agosto de 2020

EL GRINGO DE LA FÁBRICA

Era nuestro primer día de trabajo en la fábrica de azúcar de Casa Grande, y en la sección donde nos tocaba desempeñar nuestra labor, el ingeniero derivó a un grupo de nosotros al turno de la noche, entre las 8:00 p.m. y 4:00 a.m. del día siguiente. Para todos los de mi cuadrilla de caldereros, era lógico que no teníamos problemas en trabajar a esa hora. Todos, excepto uno de este grupo. Teníamos experiencia en grandes plantas de la puna peruana, donde la temperatura baja considerablemente, hasta enfriarte los huesos. Incluso, había dentro de nosotros alguien que había tenido experiencias paranormales en los grandes socavones de las mineras de la sierra peruana.

En mi cuadrilla había un cortador, dos soldadores y tres armadores. Yo dentro del grupo hacía de armador. A excepción de aquel que trabajó en mina, nadie había tenido nunca alguna experiencia insólita en toda su vida. Pese a que todos nosotros somos de los distintos pueblos de este valle liberteño, donde lo mágico e ilusorio convive con la realidad desde tiempos inmemoriales.

Aquella primera noche, todos estábamos listos para nuestra faena. Entramos ilusionados por empezar a desempeñarnos en esta gran fábrica, donde nuestros padres y abuelos pisaron también en años anteriores estas instalaciones y tuvieron la dicha de llevar el pan a sus casas, producto de su sacrificada labor, que merece ser digna de orgullo. Ahora nosotros, con nuestros diferentes oficios, también ocuparíamos un lugar y dejaríamos nuestro sudor y esfuerzo en esta patria de miel de caña. Desde el primer momento en que entramos a la empresa Casa Grande, se puede trascender ese olor a melao. Y dentro, observas la maravilla de su infraestructura y de todas las maquinarias que son el orgullo de esta fábrica y de los pobladores de Casa Grande.

Esta dulce tierra, años atrás la fundaron alemanes, quienes, con una fuerte mentalidad para el trabajo duro, disciplina y sacrificio, dejaron su tierra para instalarse aquí y construir a base de sudor esta gigantesca planta productora de azúcar, que incluso fue una de las primeras en toda Latinoamérica. Para los casagrandinos, ellos dejaron un legado de su cultura, que incluso se puede observar en las casas de la urbe de este pueblo de miel de caña. Muchas construcciones, dignas representaciones de edificios de su tierra natal, se pueden observar aún. Y la gran fama también de la personalidad de su gente, tanto mental como física.

Después de la reforma agraria, cambió todo para ellos. Muchos regresaron por mandato presidencial de aquellos años; pero algunos llegaron para quedarse eternamente. Y en esta monstruosa industria de aquel insumo dulce hay uno que camina aún en las noches dentro de sus instalaciones, que se ha impregnado por las paredes, pasadizos y oficinas, como un recuerdo vivo de su gente.

La noche avanzó para nosotros, entre el ruido de las chimeneas, el aire dulce y el sonido de las maquinarias a vapor. Estábamos montando y armando unas tuberías para un caldero nuevo. Cada uno de nosotros tenía una tarea para realizar dentro de nuestro oficio de caldereros. Algunos de nosotros nunca habíamos escuchado sobre presencias extrañas, era nuestro primer día. Y todo parecía caminar de la mejor manera. Solo nosotros estábamos en esa sección esa noche, que quedará como una experiencia única en nuestra memoria.

Alejandro, mi compañero armador, después de salir en busca del baño lejos del perímetro donde estábamos trabajando, notamos su ausencia que, en un principio, por comentarios satíricos, pasamos un breve momento de risas. Pero el tiempo pasaba incómodamente, hasta que uno de nosotros fue en su búsqueda. Muchos de los pasadizos estaban oscuros, pero pese a eso, Edgar, uno de los soldadores, se animó a ir por él y averiguar qué le había pasado. El tiempo comenzó a transcurrir considerablemente, sin noticias de ellos. Así que comenzamos a sospechar de otras cosas que tal vez les habían pasado. Y dejando todo fuimos en la búsqueda de nuestros camaradas para poder seguir trabajando con la obra.

Ruperto, uno de los soldadores, sacó una linterna de bolsillo que llevaba siempre. Nos adentramos por aquel pasadizo que une al departamento de calderos con la planta, donde ahí se da fin al proceso del azúcar y donde también es más profundo el olor de miel de caña. Lejos se escuchaban las turbinas de los trapiches y algunas maquinarias que quedan funcionando casi todo el día. En los diferentes departamentos de la fábrica quedan deambulando algunos jefes, supervisando las maquinarias en algunas noches. Pero casi siempre, toda la planta queda en pare y libre de personal.

Al atravesar el pasadizo algo llamó nuestra atención: rastros de pisadas en el suelo, de cenizas, que nos llevaban hacia el departamento de la planta eléctrica, donde yacen las turbinas generadoras, que desde tiempos muy antiguos están ahí como vestigios vivos de los años gloriosos de Casa Grande. Al penetrar aquel recinto, las pisadas nos llevaron a una escalera que llevaba a un sótano de este departamento. Una vieja puerta de fierro entreabierta nos invitaba a entrar, alumbrados con la poca luz de aquella linterna. Al primer momento pudimos escuchar extraños sonidos como de gente sollozando, como si dentro alguien estuviese teniendo una pesadilla. Desde un oscuro rincón alumbramos a dos personas que, parados dando la espalda a la puerta, nos dieron una tremenda impresión.

—¡Alejandro! ¡Edgar! ¡Somos nosotros!… —gritó Ruperto—. ¿Son ustedes? —preguntó.

El llanto de los dos se intensificó más al escuchar nuestras voces. Rápidamente nos acercamos para poder saber qué les había pasado. Y nos dimos cuenta de que uno de ellos botaba babas y unas palabras salían desde el fondo de su voz.

—El gringo… el gringo de la fábrica —dijo Alejandro, con un miedo que nos heló la sangre a todos.

—Pero qué cosas dices… ¡Reacciona, hombre! —suscitó Ruperto—. Miguel, enciende un cigarro y dale para que se tranquilice…

Mientras tratábamos de reactivar la condición mental de Alejandro, Edgar cayó al piso y comenzó a convulsionar. Sus nervios y su mente habían tenido una gran conmoción, sobre algo que seguramente vio que no era de este mundo.

Luego de un breve momento de poder restablecer la salud mental de Alejandro, con ayuda de algo de agua y soplándole el humo del cigarro, ya un poco más reanimado, él nos contó lo siguiente…

—Yo venía desde el baño para poder seguir con el trabajo. Pero luego extraños susurros de un idioma extranjero pude oír que salían de entre las paredes de ese pasadizo. De repente algo desde muy lejos noté que venía hacia mí. Un hombre alto me daba el encuentro. Al primer momento pensé que era uno de los ingenieros que se había quedado hasta tarde. Pero un gran peso pude sentir. La sangre se me heló y mi cuerpo se comenzó a paralizar. Aquello hizo que mis pasos se volvieran más pesados. Mi cuerpo se comenzó a escarapelar. El miedo y el terror se apoderaron de todo mi ser, cuando lo pude ver a poca distancia de mí. Una gran presencia, que me miraba con sus ojos de un azul profundo, me hizo entender lo que era. Al instante que lo vi delante de mí, desapareció. Al momento de terminar de ver esto, mi corazón me comenzó a palpitar muy fuerte y caminé tambaleante, con la vista que poco a poco se me apagaba. Hasta que sin nada más caí al frío piso. Al momento desperté en esta habitación. Al desadormecer estaba aquí junto a mí Edgar, que también lo pudo observar muerto de miedo, repitiendo llorando: “El gringo… el gringo… el gringo de la fábrica. Yo lo pude… ver… nos… va a llevar… el gringo…”. Luego, al girar mi cabeza hacia la puerta, lo pude observar que estaba parado ahí, hasta que vimos la luz de la lámpara de ustedes que ingresaba como nuestra salvación.

Mientras contaba esto Alejandro, Miguel, el otro soldador, reanimaba a Edgar que de una forma violenta volvió en sí.

—¡El gringo! ¡Corran, nos va a llevar! ¡Corre Alejandro! —gritó Edgar con una voz que nos estremeció.

—¡Cálmate, Edgar, somos nosotros! —le dijo Miguel, agarrándole el rostro, hasta que volviera a la realidad.

Ya con su estado emocional restablecido, comentó esto Edgar…

—Encontré a Alejandro tumbado en el suelo y lo levanté para poder llevarlo con nosotros. Pero de repente, al voltear, lo pude ver… lo vi… les aseguro que lo vi… —dijo llorando esto Edgar, quebrándose por completo.

—Cálmate, compañero… cálmate, ya nos vamos a ir de este lugar… —le dijo Miguel ofreciéndole un cigarrillo y un poco de agua a Edgar.

Luego de que nos contaran los aterrorizados muchachos esta historia, solo esperamos a que llegara la hora del término de nuestro día. En casi todo el resto del tiempo que quedaba para poder ir a nuestras casas, ya no pudimos hacer nada más de la obra, solo permanecimos juntos. Ya no quisimos pasar por aquel lugar por el miedo que nos produjo todo este evento tan terrorífico, y fuimos en búsqueda de otra puerta de salida de la fábrica. Al llegar a pocos metros del portón trasero, lo pudimos ver todos: ahí estaba el gringo que desde lejos nos miraba desde lo alto de una oficina de la planta. Quisimos relatar esto al vigilante, pero no lo hicimos. Salimos como si no nos hubiera ocurrido nada. Pero al marchar nos topamos con un recio hombre de la sección de tractores que ingresaba a la fábrica para iniciar su faena, y fue quien, divisando el pálido rostro de Edgar, notó sobre el hecho.

—¡Buen día, jóvenes!

—¡Buenos días, maestro! —dijimos todos al unísono.

—Noto que su amigo se encuentra muy mal… se le ve el rostro blanco… ¿Les pasó algo ahí dentro?

—¡Así es, señor!... tuvimos un extraño encuentro… —dijo Ruperto.

—Seguramente vieron al gringo Kassel… —dijo el recio hombre mirándonos a todos, botando el humo de su cigarro Inca.

—Así es, ¿cómo lo supo? —preguntó Ruperto.

—El gringo Kassel siempre cuida las instalaciones, y más de gente desconocida. Él quiso mucho esta fábrica. Fue uno de los últimos alemanes que vivieron aquí y que se enamoraron de esta dulce tierra. Pero tengan cuidado, que el gringo no se le aparece a cualquier persona. Solo a la gente de espíritu débil. Algunos lo han pasado muy mal por haberlo visto, tuvieron que pasar muchos días para que se recuperen totalmente. Yo, ahora que lo veo a su amigo, les recomendaría que lo lleven a algún curandero, ellos son muy buenos en estas cosas —dijo aquel hombre tirando las cenizas al suelo de su cigarro Inca.

—Muchas gracias, maestro, por la recomendación… Tendremos en cuenta todo esto —dijo Ruperto.

—De nada, jóvenes, que les vaya bien.

—Que tenga buen día también, maestro...

Al despedirnos de aquel hombre, nos hizo entender más sobre este inusitado evento. Esa madrugada, mientras marchábamos camino al paradero para tomar rumbo a nuestras casas, escuchando remotamente el canto de los gallos, quedamos en que nunca más volveríamos a pisar esta vieja empresa sin antes rendir respetos a la existencia del gringo. Por eso, en las noches siempre caminen por la fábrica con el espíritu altivo, no vaya que se les pueda presentar el gringo.

Mauricio Lozano



EL ÚLTIMO REFUGIO DE HITLER

 El Perú, y en particular las serranías cajamarquinas, pudieron ser testigos silenciosos de uno de los episodios más intrigantes de la historia contemporánea. Sunchubamba, como todo pueblito andino que derrocha encanto a sus visitantes, no sería casualidad que se convirtiera en el lugar idóneo escogido por uno de los personajes más oscuros y sobresalientes del siglo XX para pasar sus últimos días.

Corría diciembre de 1946 en Casa Grande, la hacienda azucarera situada a treinta y cinco kilómetros de Trujillo. Desde el muelle del Puerto Malabrigo llegaba un viejo tren cargado con un séquito proveniente de Alemania: ciento veintitrés refugiados del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, quienes, tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial, recibieron asilo en el Perú gracias a un acuerdo con el gobierno de la época. Entre ellos se contaban treinta y ocho miembros de las Juventudes Hitlerianas, veintiocho jerarcas del partido, veintinueve fanáticos de la SS y diecinueve del Volksstürm, además de médicos, cocineros y sirvientes. Todos obedecían a un führer.

El líder, derrotado y humillado, mostraba un rostro desencajado, un brazo semi paralizado y un andar vacilante. La disciplina de sus seguidores, sin embargo, era impecable, marchando a paso marcial en su presencia. El dueño de la hacienda, Don Enrique Gildemeister, amigo del führer, preparó la recepción con esvásticas en el comedor y banderas alemana y peruana ondeando juntas en los jardines.

Pronto partieron hacia la serranía en la locomotora “La Cuatrito”, escoltados por miembros del ejército peruano. En apenas ocho días cercaron sesenta y ocho hectáreas con alambre de púas, levantando lo que los campesinos llamarían “La fortaleza Sunchubamba”.

Hitler, odiado por llevar al mundo a una guerra cruel y exterminar millones de vidas, había escapado de Berlín en el último vuelo desde Tempelhof. Tras pasar por los Alpes Bávaros y delegar poderes a Karl Döenitz, decidió huir hacia dominios japoneses y finalmente al Perú. Allí, en Sunchubamba, retomó el uniforme militar y organizó la fortaleza con disciplina férrea. Vigilaban los accesos miembros de la SS, y el ejército peruano abastecía regularmente el lugar.

El führer, cada vez más abatido, conversaba poco. A su joven guardia personal, Frank Otto Schonner, le confesaba: “Soy un hombre acabado, derrotado. La guerra se perdió por traiciones. Alemania demostró ser débil y debería desaparecer.”

Frank, apenas de 19 años, se convirtió en su ayudante incondicional y confidente. Hitler, decepcionado de sus jerarcas, encontraba en él la única lealtad verdadera. En sus diálogos, el führer reconocía sus culpas, aunque intentaba justificarse con recuerdos de Dunkerque y acusaciones contra los aliados.

La vida en la fortaleza se mezclaba con la cotidianidad campesina. Los refugiados sembraban papa, ayudaban a los lugareños y mantenían una convivencia pacífica. Hitler, ya anciano, pasaba las tardes pintando acuarelas, tosiendo en la humedad serrana y escribiendo con la mano izquierda.

En 1951, Frank y su novia Rosa Quiliche tuvieron una hija. Hitler, enfermo, pidió que la niña llevara el nombre de su amada Eva. Desde entonces, se dedicó a visitarlos, alzar a la pequeña y reír con ella, como buscando redención en la inocencia.

Pero el tiempo no perdona. El 9 de julio de 1953, de los 123 seguidores iniciales quedaban apenas 31. Ese día, Adolf Hitler murió en la serranía peruana. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas esparcidas en los aires de Sunchubamba. Para sus fieles, fue el último adiós a su guía; para la humanidad, la desaparición de uno de los seres más nefastos de la historia.

Los refugiados se dispersaron: algunos regresaron a Europa, otros se asentaron en el Perú. Frank prosperó como comerciante hasta que la leucemia lo venció en 1977. Años después, en 1985, conocí a Eva Schonner Quiliche, hija de Frank y Rosa. Ella me relató esta historia, real o imaginada, y me mostró una fotografía tomada en 1952 en la fortaleza, donde posaban su padre y el hombre más sanguinario de todos los tiempos: Adolf Hitler.


Mauricio Lozano

 


miércoles, 17 de junio de 2020

LAS LUCES DEL PANTEÓN

Era una tarde moribunda, gris y helada, cuando emprendimos el viaje en motocicleta hacia el cementerio de nuestro pueblo. El horizonte se apagaba lentamente, y los últimos rayos del sol parecían huir de la tierra de los inmortales. A la entrada, los perros del guardián anunciaron nuestra llegada con ladridos cansinos, como si la fatiga del día y el hambre les hubiesen robado la fuerza.

El custodio, advertido por el eco de nuestros pasos, abrió las rejas negras del panteón. Tras ellas nos aguardaba un silencio pesado, un sosiego antiguo que parecía haber estado esperándonos desde hacía años. Avanzamos por la calzada principal, flanqueada por mausoleos lujosos, ciudadela de los que en vida gozaron de fortuna y que ahora reposaban en espera del juicio final.

El aire se tornaba más denso a cada paso. Las tumbas, concavidades mudas, nos observaban como cuencas vacías de calaveras. Los sepulcros de los primeros pobladores guardaban secretos petrificados, testigos de una historia que se había detenido en aquel campo santo.

Llegamos al callejón donde dormía eternamente nuestra abuela. Con la devoción de nietos fieles, dejamos rosas en su viejo jarrón y elevamos una oración para su espíritu. El ritual cumplido, recorrimos los pasillos sombríos, como solíamos hacer desde niños, cuando nuestros padres nos llevaban a visitar a los que partieron antes que nosotros.

Pero aquel día, algo distinto aconteció. En la parte antigua de la necrópolis, donde reposan los niños y bebés muertos en los años misteriosos de los setenta, me encontré solo. El viento helado golpeaba los vitrales polvorientos de las tumbas olvidadas, y la tristeza del abandono se hacía palpable.

De pronto, vi a una mujer vestida de luto. Arrodillada, lloraba al pie de un nicho. Encendió una vela y, tras dejarla alumbrando la tumba, se apartó con prisa. Mi curiosidad quiso seguirla, pero la voz temerosa de mi primo me llamó. Al reunirnos, me confesó con asombro que había visto lo mismo: una mujer de luto dejando una vela en otro sepulcro.

Apresurados, buscamos la salida. El guardián nos esperaba a lo lejos, y al alcanzarlo nos advirtió: “Corran, que se encenderán las luces. No miren atrás cuando se vayan”. Luego partió veloz en su bicicleta, perdiéndose en la oscuridad.

Nosotros también emprendimos la retirada. Sin embargo, la curiosidad de mi primo lo hizo detener la motocicleta. Desde la loma, miramos hacia el cementerio infantil. Y entonces lo vimos: uno a uno, los nichos se iluminaban con diminutas llamas, como si las almas de los inocentes despertaran para encender su propia vigilia.

Mauricio Lozano




LA CASONA MALDITA

Los albañiles que trabajaban en la vieja casona conocida como El Palomar jamás imaginaron que, al excavar bajo sus cimientos húmedos y resquebrajados, despertarían un secreto condenado al silencio. Allí, entre la tierra oscura y el olor a moho, brillaban dos barras de oro sólido, ocultas por siglos. La ambición, como un veneno súbito, se apoderó de ellos. Dejaron herramientas y deberes, huyendo con el tesoro, ignorando que aquel oro no pertenecía a los hombres, sino a fuerzas más antiguas y oscuras.

El tiempo pasó, pero lo maldito nunca se olvida. Las sombras reclaman lo suyo.

Agosto de 1991. La noche se extendía como un manto de ceniza sobre la casona. Una niña de doce años comenzó a mostrar signos de posesión: convulsiones, gritos desgarradores, palabras que no eran suyas. A medianoche, un silbido atravesaba los corredores, y con él, los muebles crujían, las paredes vibraban, y el aire se volvía insoportable.

—¡Mamá, mamita! —gritaba la niña— ¡Ven por favor!... ¡Estoy volando por los aires!

La madre, desesperada, buscó ayuda en hermanos evangelistas. Llegaron con valor y fe, pero al sonar las doce, la casa se transformó en un infierno: puertas que se abrían solas, objetos que se agitaban, voces que no pertenecían a ningún ser vivo. Rezaron, clamaron, y apenas lograron que la niña descansara, pálida como un espectro, sus cabellos flotando como hilos de telaraña en un viento invisible.

Los días siguientes fueron un tormento. La niña hablaba de un “amiguito rubio” que jugaba con ella, aunque nadie más podía verlo.

—Él está aquí, a mi lado mamá —susurraba la niña con ojos brillantes. —Yo no veo a nadie, hijita —respondía la madre, temblando. —Pero yo sí, mamá.

La madre, entre el miedo y la ternura, la abrazaba con fuerza, intentando protegerla de aquello que no comprendía. El padre, incrédulo, buscó más ayuda: evangelistas de Cartavio, biblias en mano, que también huyeron espantados al enfrentar el horror.

Finalmente, acudieron al párroco de Casa Grande. Escéptico, aceptó presenciar lo ocurrido. Esa noche, a las doce en punto, la niña gritó con voz desgarradora:

—¡Mama, bájame! ¡Estoy volando por los aires!

Al entrar en la alcoba, la visión fue insoportable: la niña suspendida, implorando que la bajaran, sus ojos en blanco, su cuerpo retorcido como si manos invisibles la sostuvieran. El cura, tembloroso, alzó una cruz y un escapulario, roció agua bendita y ordenó al espíritu abandonar la casa:

—¡Espíritu del mal, en nombre de Dios te ordeno que te vayas!

Las paredes vibraron, las ventanas se abrieron de golpe, y un viento helado recorrió la casona. Una luz extraña irrumpió por las ventanas, iluminando todo con un resplandor antinatural. El cura permaneció firme, aunque su voz temblaba. Finalmente, la calma descendió como un bálsamo. La niña volvió a la tierra, exhausta, y desde entonces jamás sufrió aquellos tormentos.

La casona quedó marcada por la memoria de lo ocurrido. El oro maldito había sido arrancado de sus guardianes, y el precio fue el dolor de una inocente. El Palomar, desde entonces, respira un aire de melancolía, como si las paredes aún guardaran el eco de aquel silbido que anunciaba la llegada de lo prohibido.

Aunque la niña volvió a la calma, la casona nunca recuperó del todo su paz. Las paredes parecían susurrar en las noches, y el aire cargado de humedad traía consigo un eco lejano, como si el silbido aún aguardara en algún rincón oculto.

Una madrugada, la madre despertó sobresaltada. El reloj marcaba las doce y un leve murmullo recorrió la casa. Se levantó con el corazón en la garganta y caminó hacia la alcoba de su hija. Al abrir la puerta, la vio sentada en la cama, con los ojos fijos en la ventana.

—¿Qué haces despierta, hijita? —preguntó con voz temblorosa. —Él está aquí, mamá —respondió la niña, señalando hacia la oscuridad. —¿Quién, hija? —Mi amiguito rubio… me dice que pronto vendrá por lo suyo.

La madre retrocedió, helada. El recuerdo de los aterradores dias pasados, volvieron a su mente como un golpe. Y con terror en la voz, le pregunto:

—¿Y que es lo suyo?

—Dice, que el oro que encontraron los hombres.

La madre al princio de escuchar eso que decia su hija, no entendia. Pero poco despues, comenzo a sospechar de lo que podria ser, cuando recordo la manera de como los albañiles se fueron del lugar dejando todo.

Las noches siguientes se tornaron insoportables. El silbido regresó, más fuerte, más insistente. Los muebles se agitaban, las puertas se cerraban con violencia, y la niña hablaba en lenguas desconocidas, con una voz que no era la suya.

—¡Devuélvanlo! —gritaba entre convulsiones— ¡El oro no es de ustedes!

—¡Nosotros no lo tenemos! ¡Deja en paz a mi familia por favor! —contesto la madre, llorando y suplicando.

Esa noche, fue corriendo a buscar al padre de la iglesia, con lo cual, fue enseguida a la casona. Y al entrar al cuarto dond estaba la niña, la vio dormida, y acercandoce para poder ver si estaba bien, rapidamete la niña desperto, le arranco el crucifico del cueyo y le quizo undir el crucifico de plata en el ojo, con lo cual el padre rapidamente le agarro el brazo y le quito el crucifico. Para despues la niña con un semblante terrorifico se comenzo a reir de una manera horrorifica.

El padre, desesperado, salio de la casona y buscó nuevamente al párroco. Este, agotado por la experiencia anterior, dudó en regresar. Pero finalmente aceptó, convencido de que el mal no había sido derrotado, sino apenas contenido.

La madre el conto sobre lo ocurrido con los alabañiles, al padre y al parroco. Al princio, quisieron averiguar sobre la vida de los alanbañiles, asi tratarlos de convencer de que regresen el oro, pero se dieron cuenta que tratar de ubicarlos hiba ser muy dificil. Enotces diciedieron por enfrentar a ese mal una vez mas, pero ahora con la intencion de que nunca mas volviera. Asi que el padre y parroco, coemenzaro a prepararce.

Dos dias pasaron sin mayores por menores, la niña seguia en cama, su madre le podia el alimento en la mesita de noches, quien ella solo la veia entrar y observar en estado catatonico.

La última noche fue la más terrible. A las doce en punto, la casona entera se estremeció como si un terremoto la sacudiera. Las ventanas se abrieron de golpe, dejando entrar un viento helado que apagó las velas. La niña fue levantada en el aire, sus brazos extendidos, sus ojos en blanco, mientras una risa macabra resonaba en cada rincón.

—¡Mama, bájame! ¡Me llevan! —gritaba con desesperación.

El padre, con voz quebrada, alzó la cruz y clamó: —¡Espíritu del abismo, en nombre del Altísimo, abandona esta criatura!

Pero la voz que emergió de la niña fue un rugido profundo, inhumano: —¡El oro es mío! ¡Nadie lo arrebatará!

El suelo se abrió bajo la cama, dejando ver un resplandor dorado, como si las barras de oro enterradas reclamaran su dueño. El cura, temblando, arrojó agua bendita y gritó con todas sus fuerzas. La luz se apagó de golpe, el suelo se cerró, y la niña cayó exhausta en los brazos de su madre.

Desde aquella noche, nunca más se volvió a hablar del oro ni de los albañiles que lo robaron. La casona quedó abandonada, cubierta de polvo y silencio. Los vecinos aseguran que, al pasar cerca de El Palomar, aún se escucha un silbido tenue a medianoche, como un recordatorio de que lo prohibido nunca debe tocarse.

Y quienes se atreven a mirar por las ventanas juran haber visto a un niño rubio, sentado en la penumbra, esperando pacientemente…

Mauricio Lozano