martes, 18 de agosto de 2020

EL GRINGO DE LA FÁBRICA

Era nuestro primer día de trabajo en la fábrica de azúcar de Casa Grande, y en la sección donde nos tocaba desempeñar nuestra labor, el ingeniero derivó a un grupo de nosotros al turno de la noche, entre las 8:00 p.m. y 4:00 a.m. del día siguiente. Para todos los de mi cuadrilla de caldereros, era lógico que no teníamos problemas en trabajar a esa hora. Todos, excepto uno de este grupo. Teníamos experiencia en grandes plantas de la puna peruana, donde la temperatura baja considerablemente, hasta enfriarte los huesos. Incluso, había dentro de nosotros alguien que había tenido experiencias paranormales en los grandes socavones de las mineras de la sierra peruana.

En mi cuadrilla había un cortador, dos soldadores y tres armadores. Yo dentro del grupo hacía de armador. A excepción de aquel que trabajó en mina, nadie había tenido nunca alguna experiencia insólita en toda su vida. Pese a que todos nosotros somos de los distintos pueblos de este valle liberteño, donde lo mágico e ilusorio convive con la realidad desde tiempos inmemoriales.

Aquella primera noche, todos estábamos listos para nuestra faena. Entramos ilusionados por empezar a desempeñarnos en esta gran fábrica, donde nuestros padres y abuelos pisaron también en años anteriores estas instalaciones y tuvieron la dicha de llevar el pan a sus casas, producto de su sacrificada labor, que merece ser digna de orgullo. Ahora nosotros, con nuestros diferentes oficios, también ocuparíamos un lugar y dejaríamos nuestro sudor y esfuerzo en esta patria de miel de caña. Desde el primer momento en que entramos a la empresa Casa Grande, se puede trascender ese olor a melao. Y dentro, observas la maravilla de su infraestructura y de todas las maquinarias que son el orgullo de esta fábrica y de los pobladores de Casa Grande.

Esta dulce tierra, años atrás la fundaron alemanes, quienes, con una fuerte mentalidad para el trabajo duro, disciplina y sacrificio, dejaron su tierra para instalarse aquí y construir a base de sudor esta gigantesca planta productora de azúcar, que incluso fue una de las primeras en toda Latinoamérica. Para los casagrandinos, ellos dejaron un legado de su cultura, que incluso se puede observar en las casas de la urbe de este pueblo de miel de caña. Muchas construcciones, dignas representaciones de edificios de su tierra natal, se pueden observar aún. Y la gran fama también de la personalidad de su gente, tanto mental como física.

Después de la reforma agraria, cambió todo para ellos. Muchos regresaron por mandato presidencial de aquellos años; pero algunos llegaron para quedarse eternamente. Y en esta monstruosa industria de aquel insumo dulce hay uno que camina aún en las noches dentro de sus instalaciones, que se ha impregnado por las paredes, pasadizos y oficinas, como un recuerdo vivo de su gente.

La noche avanzó para nosotros, entre el ruido de las chimeneas, el aire dulce y el sonido de las maquinarias a vapor. Estábamos montando y armando unas tuberías para un caldero nuevo. Cada uno de nosotros tenía una tarea para realizar dentro de nuestro oficio de caldereros. Algunos de nosotros nunca habíamos escuchado sobre presencias extrañas, era nuestro primer día. Y todo parecía caminar de la mejor manera. Solo nosotros estábamos en esa sección esa noche, que quedará como una experiencia única en nuestra memoria.

Alejandro, mi compañero armador, después de salir en busca del baño lejos del perímetro donde estábamos trabajando, notamos su ausencia que, en un principio, por comentarios satíricos, pasamos un breve momento de risas. Pero el tiempo pasaba incómodamente, hasta que uno de nosotros fue en su búsqueda. Muchos de los pasadizos estaban oscuros, pero pese a eso, Edgar, uno de los soldadores, se animó a ir por él y averiguar qué le había pasado. El tiempo comenzó a transcurrir considerablemente, sin noticias de ellos. Así que comenzamos a sospechar de otras cosas que tal vez les habían pasado. Y dejando todo fuimos en la búsqueda de nuestros camaradas para poder seguir trabajando con la obra.

Ruperto, uno de los soldadores, sacó una linterna de bolsillo que llevaba siempre. Nos adentramos por aquel pasadizo que une al departamento de calderos con la planta, donde ahí se da fin al proceso del azúcar y donde también es más profundo el olor de miel de caña. Lejos se escuchaban las turbinas de los trapiches y algunas maquinarias que quedan funcionando casi todo el día. En los diferentes departamentos de la fábrica quedan deambulando algunos jefes, supervisando las maquinarias en algunas noches. Pero casi siempre, toda la planta queda en pare y libre de personal.

Al atravesar el pasadizo algo llamó nuestra atención: rastros de pisadas en el suelo, de cenizas, que nos llevaban hacia el departamento de la planta eléctrica, donde yacen las turbinas generadoras, que desde tiempos muy antiguos están ahí como vestigios vivos de los años gloriosos de Casa Grande. Al penetrar aquel recinto, las pisadas nos llevaron a una escalera que llevaba a un sótano de este departamento. Una vieja puerta de fierro entreabierta nos invitaba a entrar, alumbrados con la poca luz de aquella linterna. Al primer momento pudimos escuchar extraños sonidos como de gente sollozando, como si dentro alguien estuviese teniendo una pesadilla. Desde un oscuro rincón alumbramos a dos personas que, parados dando la espalda a la puerta, nos dieron una tremenda impresión.

—¡Alejandro! ¡Edgar! ¡Somos nosotros!… —gritó Ruperto—. ¿Son ustedes? —preguntó.

El llanto de los dos se intensificó más al escuchar nuestras voces. Rápidamente nos acercamos para poder saber qué les había pasado. Y nos dimos cuenta de que uno de ellos botaba babas y unas palabras salían desde el fondo de su voz.

—El gringo… el gringo de la fábrica —dijo Alejandro, con un miedo que nos heló la sangre a todos.

—Pero qué cosas dices… ¡Reacciona, hombre! —suscitó Ruperto—. Miguel, enciende un cigarro y dale para que se tranquilice…

Mientras tratábamos de reactivar la condición mental de Alejandro, Edgar cayó al piso y comenzó a convulsionar. Sus nervios y su mente habían tenido una gran conmoción, sobre algo que seguramente vio que no era de este mundo.

Luego de un breve momento de poder restablecer la salud mental de Alejandro, con ayuda de algo de agua y soplándole el humo del cigarro, ya un poco más reanimado, él nos contó lo siguiente…

—Yo venía desde el baño para poder seguir con el trabajo. Pero luego extraños susurros de un idioma extranjero pude oír que salían de entre las paredes de ese pasadizo. De repente algo desde muy lejos noté que venía hacia mí. Un hombre alto me daba el encuentro. Al primer momento pensé que era uno de los ingenieros que se había quedado hasta tarde. Pero un gran peso pude sentir. La sangre se me heló y mi cuerpo se comenzó a paralizar. Aquello hizo que mis pasos se volvieran más pesados. Mi cuerpo se comenzó a escarapelar. El miedo y el terror se apoderaron de todo mi ser, cuando lo pude ver a poca distancia de mí. Una gran presencia, que me miraba con sus ojos de un azul profundo, me hizo entender lo que era. Al instante que lo vi delante de mí, desapareció. Al momento de terminar de ver esto, mi corazón me comenzó a palpitar muy fuerte y caminé tambaleante, con la vista que poco a poco se me apagaba. Hasta que sin nada más caí al frío piso. Al momento desperté en esta habitación. Al desadormecer estaba aquí junto a mí Edgar, que también lo pudo observar muerto de miedo, repitiendo llorando: “El gringo… el gringo… el gringo de la fábrica. Yo lo pude… ver… nos… va a llevar… el gringo…”. Luego, al girar mi cabeza hacia la puerta, lo pude observar que estaba parado ahí, hasta que vimos la luz de la lámpara de ustedes que ingresaba como nuestra salvación.

Mientras contaba esto Alejandro, Miguel, el otro soldador, reanimaba a Edgar que de una forma violenta volvió en sí.

—¡El gringo! ¡Corran, nos va a llevar! ¡Corre Alejandro! —gritó Edgar con una voz que nos estremeció.

—¡Cálmate, Edgar, somos nosotros! —le dijo Miguel, agarrándole el rostro, hasta que volviera a la realidad.

Ya con su estado emocional restablecido, comentó esto Edgar…

—Encontré a Alejandro tumbado en el suelo y lo levanté para poder llevarlo con nosotros. Pero de repente, al voltear, lo pude ver… lo vi… les aseguro que lo vi… —dijo llorando esto Edgar, quebrándose por completo.

—Cálmate, compañero… cálmate, ya nos vamos a ir de este lugar… —le dijo Miguel ofreciéndole un cigarrillo y un poco de agua a Edgar.

Luego de que nos contaran los aterrorizados muchachos esta historia, solo esperamos a que llegara la hora del término de nuestro día. En casi todo el resto del tiempo que quedaba para poder ir a nuestras casas, ya no pudimos hacer nada más de la obra, solo permanecimos juntos. Ya no quisimos pasar por aquel lugar por el miedo que nos produjo todo este evento tan terrorífico, y fuimos en búsqueda de otra puerta de salida de la fábrica. Al llegar a pocos metros del portón trasero, lo pudimos ver todos: ahí estaba el gringo que desde lejos nos miraba desde lo alto de una oficina de la planta. Quisimos relatar esto al vigilante, pero no lo hicimos. Salimos como si no nos hubiera ocurrido nada. Pero al marchar nos topamos con un recio hombre de la sección de tractores que ingresaba a la fábrica para iniciar su faena, y fue quien, divisando el pálido rostro de Edgar, notó sobre el hecho.

—¡Buen día, jóvenes!

—¡Buenos días, maestro! —dijimos todos al unísono.

—Noto que su amigo se encuentra muy mal… se le ve el rostro blanco… ¿Les pasó algo ahí dentro?

—¡Así es, señor!... tuvimos un extraño encuentro… —dijo Ruperto.

—Seguramente vieron al gringo Kassel… —dijo el recio hombre mirándonos a todos, botando el humo de su cigarro Inca.

—Así es, ¿cómo lo supo? —preguntó Ruperto.

—El gringo Kassel siempre cuida las instalaciones, y más de gente desconocida. Él quiso mucho esta fábrica. Fue uno de los últimos alemanes que vivieron aquí y que se enamoraron de esta dulce tierra. Pero tengan cuidado, que el gringo no se le aparece a cualquier persona. Solo a la gente de espíritu débil. Algunos lo han pasado muy mal por haberlo visto, tuvieron que pasar muchos días para que se recuperen totalmente. Yo, ahora que lo veo a su amigo, les recomendaría que lo lleven a algún curandero, ellos son muy buenos en estas cosas —dijo aquel hombre tirando las cenizas al suelo de su cigarro Inca.

—Muchas gracias, maestro, por la recomendación… Tendremos en cuenta todo esto —dijo Ruperto.

—De nada, jóvenes, que les vaya bien.

—Que tenga buen día también, maestro...

Al despedirnos de aquel hombre, nos hizo entender más sobre este inusitado evento. Esa madrugada, mientras marchábamos camino al paradero para tomar rumbo a nuestras casas, escuchando remotamente el canto de los gallos, quedamos en que nunca más volveríamos a pisar esta vieja empresa sin antes rendir respetos a la existencia del gringo. Por eso, en las noches siempre caminen por la fábrica con el espíritu altivo, no vaya que se les pueda presentar el gringo.

Mauricio Lozano



No hay comentarios: