La noche sabatina se cernía sobre el anexo de Mocan con un aire de presagio. Las lámparas de mecha, titilando en las ventanas, apenas lograban desgarrar la espesura de la oscuridad que se extendía como un manto sobre el pueblo. El viento, áspero y feroz, azotaba las casas y hacía crujir las maderas, mientras la luna llena, enorme y pálida, parecía vigilar desde lo alto con una blancura sobrenatural.
Josué, muchacho de dieciocho años, caminaba con paso ligero por las calles estrechas, acompañado solo por el silbido del viento y el frío que le mordía las manos. En su mente, la noche se tornaba cada vez más extraña: la música que llegaba desde el local de la fiesta se mezclaba con el murmullo de las sombras, y la luna, tan distinta esa noche, parecía anunciar algo que escapaba a toda razón.
El festejo transcurría entre risas, máscaras y copas alzadas. La música llenaba el aire y la embriaguez se adueñaba de los cuerpos. Pero cuando el reloj marcó las tres de la madrugada, la alegría se quebró. Un niño vestido de blanco, irradiando una luz espectral, apareció de la nada. Con paso firme se dirigió al generador eléctrico, apagó el interruptor y, ante la mirada atónita de todos, volteó el pesado artefacto como si fuera un juguete. La oscuridad se precipitó sobre el local, y con ella, el pánico.
Los gritos desgarraron la noche. Hombres y mujeres tropezaban en la penumbra, buscando la salida, mientras los perros aullaban en las calles y el pueblo entero despertaba alarmado. Dos hombres, armados de linternas y coraje, se adentraron en el recinto. Pero al iluminar el generador, descubrieron lo imposible: no había rastro del niño, y el artefacto, tan pesado que requirió la fuerza de tres hombres para devolverlo a su sitio, yacía volcado como testimonio de lo sobrenatural.
Josué, muchos años después, me relató esta historia. La llama de una vela iluminaba sus ojos cansados, y en el reflejo de aquella luz temblorosa, la verdad parecía danzar junto con las sombras de la memoria. Su voz, anciana y grave, cargaba el peso de lo vivido, y en cada palabra se percibía el eco de aquella noche en que el pueblo entero se enfrentó al misterio.
