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lunes, 29 de junio de 2015

EL AHOGADO DE PUERTO CHICAMA


Dicen los viejos pescadores que Puerto Chicama, arrodillado ante el Pacífico, perdió su fortuna cuando las redes de arrastre devoraron los peces grandes y chicos, arrancando del fondo la vida misma. Las fábricas de harina de pescado, seis gigantes que rugían junto a la bahía, se apagaron una tras otra, y hoy solo son esqueletos de hierro que el viento hace gemir.

Pero el mar, que da alegría y respeto, también guarda un secreto oscuro. En las noches cerradas, cuando la bruma se enreda en las olas, se escucha el lamento del Ahogado. No es rumor de agua ni eco de fábricas muertas: es la respiración angustiada de aquel que se hundió sin despedida.

Su alma vaga condenada, buscando otro espíritu para arrastrarlo consigo y así romper el maleficio. Los que han oído sus gritos aseguran que es el sonido terrible de un ahogamiento repetido eternamente. Doris, hija del puerto, lo temía de niña y aún lo teme: dice que su vecina lo escucha cada noche, como si el mar golpeara la puerta de su casa.

Algunos creen que el Ahogado es la voz del Pacífico reclamando lo que le arrebataron. Otros juran que es un alma en pena que nunca hallará descanso. Pero todos saben que, cuando el viento sopla fuerte y la bahía se oscurece, conviene guardar silencio… porque el Ahogado de Chicama puede estar escuchando.

Mauricio Lozano