A las cuatro de la madrugada, cuando el silencio pesa sobre las calles de Casa Grande y el rocío humedece los muros antiguos, Francisco Rodríguez regresaba de su jornada de trabajo. El cansancio lo guiaba con paso lento, pero un sonido quebró la quietud: el llanto de una mujer, tan profundo y doliente que parecía venir desde el fondo del alma.
Francisco se detuvo. El lamento se extendía por la calle, lejano y cercano a la vez, como si flotara entre las sombras. Movido por su instinto de ayuda, aceleró el paso, creyendo que alguna desgracia reclamaba auxilio. Pero al doblar la esquina, la vio.
Una figura blanca se erguía en medio de la penumbra, suspendida sobre el suelo. Su vestido ondeaba como niebla, y su rostro era apenas una sombra sin rasgos, una máscara de dolor. Francisco sintió cómo el aire se volvía pesado, cómo su corazón golpeaba con fuerza dentro del pecho. Supo entonces que no era una mujer viva, sino un alma condenada.
El miedo lo paralizó. Cerró los ojos y murmuró una oración, aferrándose a su fe como quien se aferra a una tabla en medio del naufragio. La presencia lo envolvía, fría y densa, como si quisiera arrancarle el pensamiento. Con voz temblorosa, Francisco invocó a Dios, y el espectro retrocedió lentamente, desvaneciéndose entre la bruma de una calle contigua.
Cuando llegó a su casa, su esposa lo halló pálido, con la mirada perdida. Apenas pudo hablar. Solo alcanzó a decir que había visto a la Dama de Blanco, aquella que vaga por las noches reclamando el alma de sus hijos. Desde entonces, nadie duda en Casa Grande que su llanto aún se escucha cuando la luna se alza sobre los techos y el viento sopla desde el valle.
Mauricio Lozano

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