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domingo, 20 de diciembre de 2020

LA SEMILLA MILAGROSA

Durante el imperio Incaico la agricultura se centraba en la producción de panllevar, productos que los Incas Los utilizaban en su alimentación. Inclusive, a principios de la colonia, los españoles continuaron cultivando estos y otros productos traídos de España.

Fue el español Diego de Mora y Manrique quien empezó a revolucionar la agricultura en el Valle Chicama; trayendo, en forma secreta, semillas de caña de azúcar, procedentes de México. Las semillas fueron trasladadas de tumbes al Valle Chicama en mula. Por entonces, 1538, no existían vehículos motorizados. El único medio de locomoción era la acémila (Caballo, burro, buey).

Con las semillas a sus pies, Diego de Mora derramo la última gota de felicidad y de ilusión que penetro en lo mas profundo de su vida. Sin perdida de tiempo, empezó a sembrarla en su hacienda llamada Chicamita, de manera muy hermética, a fin de nadie se enterará.

Un aire tibio corría cuando el contingente de negros que sembraron las primeras semillas en un terreno debidamente preparado. Lo hicieron en la madrugada, teniendo como única compañía a la luna que brillaba con todo su esplendor, lo cual les permitía realizar el trabajo sin ningún problema.

Conforme iban creciendo los cañaverales, nadie podía pasar cerca de la plantación, la cual se veía radiante y hermosa. A las personas que, por curiosidad, tenían que cruzar por allí, don Diego les clavaba una mirada hosca y malhumorada y los hacia detener. Una vez detenidos los castigaba ejemplarmente. Dia y noche la cuidaban un buen número de negros.

La primera cosecha la realizó en 1540 y, para procesarla, mando traer desde España un trapiche de madera.

Chicamita comenzó a producir un dulce denominado marquetones o marquetas, los cuales fueron distribuidos en la ciudad de Trujillo y el Valle Chicama.

Cuando el español Pedro Cieza de León pasaba por el Valle Chicama, en setiembre de 1548, los cañaverales lucían hermosos, batiendo sus largas hojas al sentir las caricias del viento. Se mecían expresando una alegría inconfundible por haber encontrado un nuevo hogar.

Había nacido, pues, en el Valle de Chicama, algo nuevo y muy agradable que jamás se pensó que brotaría como un manantial natural inagotable.

El 5 de octubre de 1560 arribo al Valle Chicama, un grupo de gentes de alta alcurnia, entre amigos y familiares de don Diego, quienes fueron testigos de resplandecientes campos sembrados con caña de azúcar y un trapiche en pleno funcionamiento.

Mientras don Diego de Mora Impulsaba el cultivo de la caña de azúcar, los demás españoles, dueños de fundos y de haciendas, sembraba trigo, un cereal introducido al país, en forma casual por los españoles. Algunos granos, de trigo Emmeir, fueron traídos mezclados con una remesa de garbanzo, aproximadamente, aproximada, en 1540.

Se citan los nombres de tres damas españolas: María Escobar, Inés Muños y Beatriz Salcedo, como las primeras introductoras (cultivo del trigo, Ministerio de Agricultura).

A partir del terremoto de octubre de 1687, apareció en el país la enfermedad denominada “Roya Negra” o “Roya del Tallo” que elimino, prácticamente, el cultivo del trigo en el Valle de Chicama.

Ante esta situación embarazosa, los descendientes de Diego de Mora decidieron desprenderse de su egoísmo, dejando que la caña de azúcar se expandiera por todo el Valle Chicama, pintando todo el panorama de un verde esmeralda, de fe y de esperanza para las futuras generaciones.

La caña constituye la fuente más importante de azúcar, de melaza, para la elaboración de alcohol y de bagazo, para la industria de papel y cartón.

En algunos países se considera al azúcar un artículo de lujo.

Existe un buen numero de variedades de caña y se siembra en suelos extraordinariamente fértiles y productivos como los que hay en el Valle Chicama. Todas tienen características sobresalientes que se usan para identificarlas.

Aunque hay que resaltar que la caña se empezó a sembrar en tierras vírgenes, recién abiertas al cultivo y en extensiones no muy grandes, las mismas que fueron creciendo con el tiempo.

O sea que, a partir de entonces, se convirtió en la semilla milagrosa. Empezó a dar bienestar a toda la gente de la época; sin imaginarse que, 325 años después, seguiría siendo sostén de miles de familias dispersas por toda la costa peruana, concentradas en las empresas azucareras de Paramonga, Cayalti, Laredo, Casa Grande, etc.

 

Luis Chuquipoma Muñoz




                                                         

 

martes, 18 de agosto de 2020

EL GRINGO DE LA FÁBRICA

Era nuestro primer día de trabajo en la fábrica de azúcar de Casa Grande, y en la sección donde nos tocaba desempeñar nuestra labor, el ingeniero derivó a un grupo de nosotros al turno de la noche, entre las 8:00 p.m. y 4:00 a.m. del día siguiente. Para todos los de mi cuadrilla de caldereros, era lógico que no teníamos problemas en trabajar a esa hora. Todos, excepto uno de este grupo. Teníamos experiencia en grandes plantas de la puna peruana, donde la temperatura baja considerablemente, hasta enfriarte los huesos. Incluso, había dentro de nosotros alguien que había tenido experiencias paranormales en los grandes socavones de las mineras de la sierra peruana.

En mi cuadrilla había un cortador, dos soldadores y tres armadores. Yo dentro del grupo hacía de armador. A excepción de aquel que trabajó en mina, nadie había tenido nunca alguna experiencia insólita en toda su vida. Pese a que todos nosotros somos de los distintos pueblos de este valle liberteño, donde lo mágico e ilusorio convive con la realidad desde tiempos inmemoriales.

Aquella primera noche, todos estábamos listos para nuestra faena. Entramos ilusionados por empezar a desempeñarnos en esta gran fábrica, donde nuestros padres y abuelos pisaron también en años anteriores estas instalaciones y tuvieron la dicha de llevar el pan a sus casas, producto de su sacrificada labor, que merece ser digna de orgullo. Ahora nosotros, con nuestros diferentes oficios, también ocuparíamos un lugar y dejaríamos nuestro sudor y esfuerzo en esta patria de miel de caña. Desde el primer momento en que entramos a la empresa Casa Grande, se puede trascender ese olor a melao. Y dentro, observas la maravilla de su infraestructura y de todas las maquinarias que son el orgullo de esta fábrica y de los pobladores de Casa Grande.

Esta dulce tierra, años atrás la fundaron alemanes, quienes, con una fuerte mentalidad para el trabajo duro, disciplina y sacrificio, dejaron su tierra para instalarse aquí y construir a base de sudor esta gigantesca planta productora de azúcar, que incluso fue una de las primeras en toda Latinoamérica. Para los casagrandinos, ellos dejaron un legado de su cultura, que incluso se puede observar en las casas de la urbe de este pueblo de miel de caña. Muchas construcciones, dignas representaciones de edificios de su tierra natal, se pueden observar aún. Y la gran fama también de la personalidad de su gente, tanto mental como física.

Después de la reforma agraria, cambió todo para ellos. Muchos regresaron por mandato presidencial de aquellos años; pero algunos llegaron para quedarse eternamente. Y en esta monstruosa industria de aquel insumo dulce hay uno que camina aún en las noches dentro de sus instalaciones, que se ha impregnado por las paredes, pasadizos y oficinas, como un recuerdo vivo de su gente.

La noche avanzó para nosotros, entre el ruido de las chimeneas, el aire dulce y el sonido de las maquinarias a vapor. Estábamos montando y armando unas tuberías para un caldero nuevo. Cada uno de nosotros tenía una tarea para realizar dentro de nuestro oficio de caldereros. Algunos de nosotros nunca habíamos escuchado sobre presencias extrañas, era nuestro primer día. Y todo parecía caminar de la mejor manera. Solo nosotros estábamos en esa sección esa noche, que quedará como una experiencia única en nuestra memoria.

Alejandro, mi compañero armador, después de salir en busca del baño lejos del perímetro donde estábamos trabajando, notamos su ausencia que, en un principio, por comentarios satíricos, pasamos un breve momento de risas. Pero el tiempo pasaba incómodamente, hasta que uno de nosotros fue en su búsqueda. Muchos de los pasadizos estaban oscuros, pero pese a eso, Edgar, uno de los soldadores, se animó a ir por él y averiguar qué le había pasado. El tiempo comenzó a transcurrir considerablemente, sin noticias de ellos. Así que comenzamos a sospechar de otras cosas que tal vez les habían pasado. Y dejando todo fuimos en la búsqueda de nuestros camaradas para poder seguir trabajando con la obra.

Ruperto, uno de los soldadores, sacó una linterna de bolsillo que llevaba siempre. Nos adentramos por aquel pasadizo que une al departamento de calderos con la planta, donde ahí se da fin al proceso del azúcar y donde también es más profundo el olor de miel de caña. Lejos se escuchaban las turbinas de los trapiches y algunas maquinarias que quedan funcionando casi todo el día. En los diferentes departamentos de la fábrica quedan deambulando algunos jefes, supervisando las maquinarias en algunas noches. Pero casi siempre, toda la planta queda en pare y libre de personal.

Al atravesar el pasadizo algo llamó nuestra atención: rastros de pisadas en el suelo, de cenizas, que nos llevaban hacia el departamento de la planta eléctrica, donde yacen las turbinas generadoras, que desde tiempos muy antiguos están ahí como vestigios vivos de los años gloriosos de Casa Grande. Al penetrar aquel recinto, las pisadas nos llevaron a una escalera que llevaba a un sótano de este departamento. Una vieja puerta de fierro entreabierta nos invitaba a entrar, alumbrados con la poca luz de aquella linterna. Al primer momento pudimos escuchar extraños sonidos como de gente sollozando, como si dentro alguien estuviese teniendo una pesadilla. Desde un oscuro rincón alumbramos a dos personas que, parados dando la espalda a la puerta, nos dieron una tremenda impresión.

—¡Alejandro! ¡Edgar! ¡Somos nosotros!… —gritó Ruperto—. ¿Son ustedes? —preguntó.

El llanto de los dos se intensificó más al escuchar nuestras voces. Rápidamente nos acercamos para poder saber qué les había pasado. Y nos dimos cuenta de que uno de ellos botaba babas y unas palabras salían desde el fondo de su voz.

—El gringo… el gringo de la fábrica —dijo Alejandro, con un miedo que nos heló la sangre a todos.

—Pero qué cosas dices… ¡Reacciona, hombre! —suscitó Ruperto—. Miguel, enciende un cigarro y dale para que se tranquilice…

Mientras tratábamos de reactivar la condición mental de Alejandro, Edgar cayó al piso y comenzó a convulsionar. Sus nervios y su mente habían tenido una gran conmoción, sobre algo que seguramente vio que no era de este mundo.

Luego de un breve momento de poder restablecer la salud mental de Alejandro, con ayuda de algo de agua y soplándole el humo del cigarro, ya un poco más reanimado, él nos contó lo siguiente…

—Yo venía desde el baño para poder seguir con el trabajo. Pero luego extraños susurros de un idioma extranjero pude oír que salían de entre las paredes de ese pasadizo. De repente algo desde muy lejos noté que venía hacia mí. Un hombre alto me daba el encuentro. Al primer momento pensé que era uno de los ingenieros que se había quedado hasta tarde. Pero un gran peso pude sentir. La sangre se me heló y mi cuerpo se comenzó a paralizar. Aquello hizo que mis pasos se volvieran más pesados. Mi cuerpo se comenzó a escarapelar. El miedo y el terror se apoderaron de todo mi ser, cuando lo pude ver a poca distancia de mí. Una gran presencia, que me miraba con sus ojos de un azul profundo, me hizo entender lo que era. Al instante que lo vi delante de mí, desapareció. Al momento de terminar de ver esto, mi corazón me comenzó a palpitar muy fuerte y caminé tambaleante, con la vista que poco a poco se me apagaba. Hasta que sin nada más caí al frío piso. Al momento desperté en esta habitación. Al desadormecer estaba aquí junto a mí Edgar, que también lo pudo observar muerto de miedo, repitiendo llorando: “El gringo… el gringo… el gringo de la fábrica. Yo lo pude… ver… nos… va a llevar… el gringo…”. Luego, al girar mi cabeza hacia la puerta, lo pude observar que estaba parado ahí, hasta que vimos la luz de la lámpara de ustedes que ingresaba como nuestra salvación.

Mientras contaba esto Alejandro, Miguel, el otro soldador, reanimaba a Edgar que de una forma violenta volvió en sí.

—¡El gringo! ¡Corran, nos va a llevar! ¡Corre Alejandro! —gritó Edgar con una voz que nos estremeció.

—¡Cálmate, Edgar, somos nosotros! —le dijo Miguel, agarrándole el rostro, hasta que volviera a la realidad.

Ya con su estado emocional restablecido, comentó esto Edgar…

—Encontré a Alejandro tumbado en el suelo y lo levanté para poder llevarlo con nosotros. Pero de repente, al voltear, lo pude ver… lo vi… les aseguro que lo vi… —dijo llorando esto Edgar, quebrándose por completo.

—Cálmate, compañero… cálmate, ya nos vamos a ir de este lugar… —le dijo Miguel ofreciéndole un cigarrillo y un poco de agua a Edgar.

Luego de que nos contaran los aterrorizados muchachos esta historia, solo esperamos a que llegara la hora del término de nuestro día. En casi todo el resto del tiempo que quedaba para poder ir a nuestras casas, ya no pudimos hacer nada más de la obra, solo permanecimos juntos. Ya no quisimos pasar por aquel lugar por el miedo que nos produjo todo este evento tan terrorífico, y fuimos en búsqueda de otra puerta de salida de la fábrica. Al llegar a pocos metros del portón trasero, lo pudimos ver todos: ahí estaba el gringo que desde lejos nos miraba desde lo alto de una oficina de la planta. Quisimos relatar esto al vigilante, pero no lo hicimos. Salimos como si no nos hubiera ocurrido nada. Pero al marchar nos topamos con un recio hombre de la sección de tractores que ingresaba a la fábrica para iniciar su faena, y fue quien, divisando el pálido rostro de Edgar, notó sobre el hecho.

—¡Buen día, jóvenes!

—¡Buenos días, maestro! —dijimos todos al unísono.

—Noto que su amigo se encuentra muy mal… se le ve el rostro blanco… ¿Les pasó algo ahí dentro?

—¡Así es, señor!... tuvimos un extraño encuentro… —dijo Ruperto.

—Seguramente vieron al gringo Kassel… —dijo el recio hombre mirándonos a todos, botando el humo de su cigarro Inca.

—Así es, ¿cómo lo supo? —preguntó Ruperto.

—El gringo Kassel siempre cuida las instalaciones, y más de gente desconocida. Él quiso mucho esta fábrica. Fue uno de los últimos alemanes que vivieron aquí y que se enamoraron de esta dulce tierra. Pero tengan cuidado, que el gringo no se le aparece a cualquier persona. Solo a la gente de espíritu débil. Algunos lo han pasado muy mal por haberlo visto, tuvieron que pasar muchos días para que se recuperen totalmente. Yo, ahora que lo veo a su amigo, les recomendaría que lo lleven a algún curandero, ellos son muy buenos en estas cosas —dijo aquel hombre tirando las cenizas al suelo de su cigarro Inca.

—Muchas gracias, maestro, por la recomendación… Tendremos en cuenta todo esto —dijo Ruperto.

—De nada, jóvenes, que les vaya bien.

—Que tenga buen día también, maestro...

Al despedirnos de aquel hombre, nos hizo entender más sobre este inusitado evento. Esa madrugada, mientras marchábamos camino al paradero para tomar rumbo a nuestras casas, escuchando remotamente el canto de los gallos, quedamos en que nunca más volveríamos a pisar esta vieja empresa sin antes rendir respetos a la existencia del gringo. Por eso, en las noches siempre caminen por la fábrica con el espíritu altivo, no vaya que se les pueda presentar el gringo.

Mauricio Lozano



EL ÚLTIMO REFUGIO DE HITLER


El Perú y las serranías cajamarquinas pudieron ser testigos silenciosos de uno de los episodios más intrigantes de los últimos tiempos. Y Sunchubamba, como todo pueblito andino que derrocha coquetería ante sus visitantes, fue el lugar idóneo que escogería uno de los personajes más sobresalientes de la historia para pasar sus últimos días en la Tierra.

Transcurría el mes de diciembre del año 1946. En Casa Grande, aquella hacienda azucarera ubicada a treinta y cinco kilómetros de la ciudad de Trujillo, se recibía directamente desde el muelle del puerto Malabrigo, por medio de un viejo tren, a un séquito llegado recientemente de Alemania. Específicamente, se trataba de un grupo de refugiados del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, quienes huyeron de su país al culminar la Segunda Guerra Mundial y que, por un acuerdo con el gobierno peruano de aquellos tiempos, recibieron asilo en esta patria.

Fueron ciento veintitrés los refugiados. Todos ellos obedecían a un Führer o jefe, como así lo relatan los testigos de ese entonces. Se destacaba también la presencia de treinta y ocho miembros de las Juventudes Hitlerianas, la guardia personal de su líder; veintiocho jerarcas de lo que quedaba del partido nazi; veintinueve fanáticos de la SS y diecinueve del Volkssturm. En esta corte del líder nazi también se distinguían un doctor, dos enfermeros, dos cocineros y tres sirvientes.

Mostraban una disciplina impecable, envidia de las mejores milicias del planeta. A paso marcial marchaban ante su líder, o al menos ante lo que quedaba de él. Este, con el rostro desencajado, el brazo derecho semiparalizado y su andar vacilante, parecía un hombre derrotado y humillado, pues en el bastión de su gran Alemania, ya ocupado por los ejércitos aliados, le hicieron morder el polvo de la derrota.

Aquella silenciosa y fría madrugada, la casa hacienda de Casa Grande se vestía con lo mejor de ese entonces, ya que el dueño, don Enrique Gildemeister, era fiel amigo del Führer, así como también propietario de una hacienda en el poblado cajamarquino de Sunchubamba. Para su llegada, se mandó a confeccionar, en el comedor del lugar, una esvástica, símbolo del Partido Nazi. En las afueras se izó la bandera alemana junto con la peruana para recibir a los visitantes. En los jardines exteriores de la casa hacienda se respiraba una quietud inexpugnable y se mandó a resguardar el lugar para mayor seguridad de los recién llegados.

Inmediatamente partieron hacia la serranía peruana en una locomotora que tenía como sobrenombre «La Cuatrito». Constantemente los escoltaban miembros del Ejército peruano, triunfador de una guerra con el Ecuador en 1941. Según los comentarios de la época, esto se debió a las estrategias diseñadas por oficiales alemanes. Incluso se puede asumir un posible tratado secreto entre peruanos y alemanes, pues la afinidad entre ambos gobiernos no era ningún secreto. Cabe destacar que el Perú abastecía de caucho a los países del Eje.

Se instalaron a diecisiete kilómetros de Sunchubamba. Increíblemente, en solo ocho días cercaron sesenta y ocho hectáreas con alambre de púas. Estupenda preparación la de esos soldados, capaces de pasar hambre, sed y frío, y de agotarse al máximo por su líder y sus ideales.

Hablemos algo sobre el Führer.

Este odiado personaje, a quien se le atribuye haber llevado a la humanidad a una guerra cruenta y salvaje, cuyo costo fue la pérdida de millones de vidas inocentes, y haber exterminado a más de seis millones de judíos en los nefastos campos de concentración, escapó del comandante ruso Polevoi y de su grupo de comandos gracias a la audacia de los generales Krebs y Burgdorf, quienes sacrificaron sus vidas por la de su Führer. Los cuerpos quemados y mutilados que fueron encontrados en los jardines de la Cancillería no pertenecían ni a Adolfo Hitler ni a su amada esposa, Eva Braun; eran los restos de un par de dementes sacados del manicomio de Berlín. El líder nazi y su esposa escaparon por el aeropuerto de Tempelhof en el último vuelo disponible, pues los rusos habían tomado ya el 70 % de la capital alemana. Su despegue fue espectacular, pues lo hizo en medio de una lluvia de balas y tiros de mortero.

Huyó hacia los Alpes Bávaros, lugar todavía seguro y en poder de las fuerzas de la Wehrmacht. En un principio pensó continuar con la lucha, pero pronto se dio cuenta de que todo había concluido y que toda resistencia era ya inútil. Delegó plenos poderes al almirante Karl Dönitz y, con esto, dio por concluida su función de guía y jefe.

Solo bastaba mirarlo para entender que era un hombre derrotado. De él se habían ido los grandes dotes de orador y líder. Ya no tenía los constantes ataques de histeria; hablaba en voz baja, paseaba de un lugar a otro cabizbajo y meditabundo y balbuceaba incoherencias. A media voz se le escuchó decir que la guerra se había perdido por constantes traiciones y que Alemania había demostrado ser débil y, por lo tanto, debería desaparecer.

Estuvo casi un mes en ese frío territorio. Luego, aquel lugar se tornó inseguro. Entonces decidió partir hacia otros rumbos, a dominios del Imperio japonés, para luego, sin ninguna alternativa, viajar al Perú.

En este país, como seguimos relatando, se estableció cerca de Sunchubamba, un poblado cajamarquino. En un principio, al Führer el lugar le resultó desagradable, pero, conforme fueron pasando los meses, lo fue aceptando con agrado.

Cuando el Führer y sus seguidores llegaron al Perú, vestían de civil, pero, ya en las alturas, regresaron al uniforme militar. Hitler lucía siempre impecable. No dejó de lado el brazalete donde estaba simbolizada la cruz esvástica. Había bajado considerablemente de peso y seguía recibiendo de su doctor un tratamiento para rehabilitar su brazo derecho semiparalizado, triste recuerdo de la bomba dejada por el coronel von Stauffenberg en el atentado del 20 de julio de 1944.

Pronto, «la Fortaleza Sunchubamba», como la llamaban los campesinos, fue organizada política y militarmente. Los refugiados aprendieron las costumbres de la zona. Primero empezaron a sembrar papa, instruidos por gente oriunda del lugar. En ningún momento su comportamiento fue reprochable; todo lo contrario: en lo posible, trataban de ayudar y colaborar con los sunchubambinos.

La fortaleza se tornaba inexpugnable. Vigilaban permanentemente su acceso cuatro fornidos miembros de la SS, bien armados. ¿De dónde consiguieron las armas? La fuente tampoco lo supo, pero constantemente un portatropas del Ejército llegaba al lugar con alimentos y otros artículos de primera necesidad.

Hitler se instaló en el primero de los dieciséis pabellones y siempre lo escoltaban sus fieles miembros de las Juventudes Hitlerianas. Poco se le veía asomarse al patio y, cuando se mostraba, se ponía al frente para recibir los honores de su tropa. Conversaba muy escasamente. Parecía que solo esperaba la hora de su muerte y alguna vez le dijo a un miembro de su guardia personal que asumía su responsabilidad por las atrocidades de la guerra, pero que no todo lo que contaban los aliados era cierto.

«Frank, yo propuse a los aliados un tratado de paz y, si ellos hubieran tenido la más mínima intención y ánimo de negociar, aún todos viviríamos en hermandad. Se lo demostré a los ingleses en las playas de Dunkerque. Tenía a su ejército a mi merced y hubiera bastado una sola orden mía para que mis panzers los aniquilaran, pero yo no lo quise así. Confiaba en arreglar pacíficamente las cosas con los británicos, pero de nada sirvió. Ellos solo querían la guerra».

Frank Otto Schonner fue miembro de las Juventudes Hitlerianas. Con tan solo diecinueve años, integraba la guardia personal de Hitler desde la Cancillería en Berlín, dispuesto a entregar su vida a cambio de la de su Führer. Fugó con él y el resto del grupo y estuvo en Sunchubamba hasta la muerte de Hitler. Por su carisma y buen ánimo, se ganó la confianza del Führer, hasta que este lo convirtió en su preferido.

«Al año de haber llegado al Perú, y sin siquiera habérmelo imaginado alguna vez, me convertí en el ayudante incondicional de mi Führer. Confiaba plenamente en mí, a pesar del clima hostil que habían creado los que se consideraban con más derechos que yo a su amistad. No me importó seguir siendo su fiel compañero. Él ya no se reunía con los jerarcas nacionalistas ni con los militares. Estaba decepcionado de todos ellos; desconfiaba hasta de su sombra».

—Frank.

—¿Sí, Mein Führer?

—Soy un hombre acabado, soy un hombre derrotado. Escogí seguir viviendo porque la muerte era un premio para mí. Lo asumo, Frank, lo asumo… Todos estos ratos amargos, todos estos días de recuerdos sumergidos en las sombras de las muertes que causé consumen mi vida.

—Mein Führer, no se sienta culpable. Si invadimos Polonia, si peleamos contra los británicos, americanos, franceses y rusos, fue por nuestra seguridad, pues, como usted dijo, se les propuso a los aliados un acuerdo de paz.

—Mi buen Frank, llevé al mundo a su destrucción, exterminé seres inocentes, llevé a la ruina a mi gran Alemania. Definitivamente, no hay perdón para mí. ¡A cuántos hogares les amargué su existencia! ¡A cuántos niños dejé sin padres! ¡A cuántos padres dejé sin hijos! Arrasé con pueblos enteros. La historia me conocerá como el hombre más nefasto de la Tierra, como el más odiado, como el más criminal, como el más inhumano. Desde que murió mi amada Eva, entendí que lo más preciado de todo ser es la vida y la paz. Demasiado tarde, Frank. Mi destino está escrito. Me vestiré de angustia, trataré de pagar mis culpas, aunque sé que no lo lograría ni en mil años de existencia. Estoy seguro de que viviré poco tiempo y, durante el tiempo que lo haga, miraré hacia atrás, recordando la sangre, el dolor y la muerte que causé. Solo así buscaré el perdón de la humanidad. Frank, ya no tengo nada que ofrecerte. Ya todo ha acabado.

—Mein Führer, a nadie nos impusieron seguirlo. Todos los que estamos aquí vinimos por nuestra propia voluntad. Queremos verlo como antes, queremos que nos guíe. Quizás se cometieron errores; todo el mundo los comete. Los aliados también deben vidas inocentes: Dresde, Hiroshima, Nagasaki, Colonia y, lo que es peor, ellos inventaron la bomba para acabar con la humanidad. Toda guerra es cruel, Mein Führer. Yo sé que el tiempo me dará la razón. Creo en usted y lo seguiré para siempre. Es más, daría mi vida por usted.

—Nada de eso, Frank. Aquellos campesinos que cruzan frente a la hacienda valen más que yo. ¿No los ves cómo sonríen, cómo van a su trabajo felices porque saben que el dinero que obtendrán se lo llevarán a sus hogares? A pesar de su pobreza y sus limitaciones, esta gente ama, ríe y, sobre todo, vive en paz. La cuarta parte de uno de ellos vale más que yo.

—Mein Führer, no se siga martirizando.

—Lo haré, Frank, lo haré.

Había un hecho que no estaba del todo claro: el paradero de Eva Braun. Se sabía por Frank que ambos, el Führer y ella, llegaron a los Alpes Bávaros, pero repentinamente ella falleció. Se comentó acerca de un suicidio, pues a Eva se la veía muy abatida. Poco se habló de ello. Lo que sí se sabe es que el Führer casi enloqueció y que más de una vez quiso autoeliminarse. Sus seguidores lo detuvieron, pues pensaban continuar la guerra desde allí y consideraban que el único conductor para ese propósito era Hitler.

En junio de 1952, algo alteró la tranquilidad de la hacienda: el viejo cocinero Hans Steiner había muerto. Un infarto al corazón cegó su vida. Amigo de todos y enemigo de nadie, se fue el viejo Hans.

Los aislados se habían familiarizado un poco más con la gente del lugar. De los ciento veintitrés iniciales, nueve murieron por diferentes causas naturales y cuarenta y siete se fueron voluntariamente o establecieron sus hogares en otros lugares, pero todavía existían los incondicionales del Führer, como Frank, quien, como fiel amigo, lo seguía muy de cerca.

—Mein Führer, hay una dama a dos kilómetros de la hacienda que ofrece sus servicios de cocina. Ella sabe de nuestros gustos, pues allí vamos los días de licencia.

—Frank, sabes que en esta hacienda no se aceptan mujeres.

—Mein Führer, la gente no se abastece. Las tareas agrícolas se han vuelto más exigentes y ya no hay quien cocine. Günter fugó con una campesina el día de ayer.

—Todos me abandonan, Frank. Lo hizo Hess, me traicionó Himmler, lo quiso hacer Goering; Günter lo hace con toda la razón del mundo.

—Mein Führer, la dama a la que me refiero es mi novia y, si no la traigo a trabajar a la hacienda, sus padres la llevarán a la costa. Ayúdeme, Mein Führer, se lo pido de corazón.

—¡Oh, mi buen Frank, no sabes el gusto que me da! Ve corriendo y tráela. ¡Es bienvenida!

Rosa Quiliche tenía tan solo dieciocho años. Su edad no fue obstáculo alguno para estar al lado de su amado Frank. El amor que sentía por él fue más grande que el peor de los sacrificios, pero había otra sorpresa: Rosa estaba embarazada de tres meses y ni ella misma lo sabía. Se convirtió en la preferida del médico austriaco Hendric, quien llevaba a la perfección el control de su embarazo.

De las tres paradas militares que hacían a la semana, se pasó a una. En su totalidad, se había dejado de usar el uniforme militar. Hitler usaba saco y corbata y, a pesar de su edad, lucía canoso y con buen semblante. Había recuperado peso y su andar era más ligero. Escribía ya con la mano izquierda y tosía constantemente, pues se levantaba muy temprano y caminaba en medio de la humedad serrana.

Uno de sus pasatiempos preferidos era la acuarela, con la que pasaba las tardes encerrado en su habitación. Pero los años pasan y pasan y nadie los detiene. Adolf Hitler, uno de los hombres que tuvo gran poder en el mundo y que ahora vivía sus últimos días en medio de la serranía peruana, era ya un anciano.

El lunes 14 de mayo de 1951 hubo alboroto en la hacienda: una niña acababa de nacer. El fornido Frank y la andina Rosa irradiaban felicidad. Era el regalo divino que Dios les había dado. Al segundo día del nacimiento, llevaron a su niña ante el Führer. Él se encontraba dormido, ya que una afección estomacal lo había enfermado. Con esfuerzo se puso de pie y dijo:

—Mi buen Frank, mi incondicional, mi leal, me das la felicidad que hace años busco y no encuentro. Permíteme alzar a esta dulce niña, permíteme besar a este ser inocente. Cuídala, Frank, ámala. Ella es el ser más preciado para ustedes. Ofrézcanle lo mejor, trabajen mucho para que a ella no le falte nada. Ahora soy yo quien te pide un favor de todo corazón.

—Lo que usted diga, Mein Führer.

—Dale a este angelito el nombre de mi amada Eva.

—Así lo haré, Mein Führer.

Transcurrieron tres meses desde el nacimiento. Otros dieciséis refugiados fugaron de la fortaleza. El Führer había perdido liderazgo y tampoco le interesaba recuperarlo. Pasaba sus días encerrado y, cuando salía, lo hacía solamente para ir al pabellón donde vivían Frank y su familia. Alzaba a la niña, reía con ella y, cuando estaba con ellos, se salía de su rígida dieta. Su final estaba cerca.

Domingo 9 de julio de 1953. De los ciento veintitrés seguidores iniciales del Führer, solo quedaban treinta y uno. Hoy no era un día cualquiera: Hitler había muerto y con él se fue el triste y horroroso ser que alguna vez existió en la humanidad, ocasionando llantos, tristezas, lágrimas, miseria, destrucción y todo lo malo que la peor de las bestias puede dejar en los hogares.

Ese día se vio por última vez una parada militar. Había lágrimas y mucha tristeza entre los presentes. Fuera lo que hubiera sido, para ese grupo de personas era su líder, su jefe, su guía. Esta vez, su cuerpo sí fue incinerado y sus cenizas fueron esparcidas por los aires sunchubambinos.

La mayoría de los refugiados que aún permanecían fieles al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán regresaron a Europa. Otros construyeron sus hogares en las serranías peruanas. Frank se convirtió en un próspero comerciante hasta que la terrible leucemia acabó con su vida en el año 1977.

En el año 1985 conocí a Eva Schonner Quiliche. Desde un principio supe, por sus rasgos físicos, que sus antepasados eran extranjeros. Ella me lo confirmó, no sin antes contarme toda esta historia, real o imaginada; al fin y al cabo, me la contó.

También me mostró una foto tomada en 1952, en lo que era la Fortaleza Sunchubamba, en la que posaban su padre, Frank Schonner, junto al hombre más sanguinario de todos los tiempos: Adolf Hitler.

Mauricio Lozano

 


miércoles, 17 de junio de 2020

LAS LUCES DEL PANTEÓN

Era una tarde moribunda, gris y helada, cuando emprendimos el viaje en motocicleta hacia el cementerio de nuestro pueblo. El horizonte se apagaba lentamente, y los últimos rayos del sol parecían huir de la tierra de los inmortales. A la entrada, los perros del guardián anunciaron nuestra llegada con ladridos cansinos, como si la fatiga del día y el hambre les hubiesen robado la fuerza.

El custodio, advertido por el eco de nuestros pasos, abrió las rejas negras del panteón. Tras ellas nos aguardaba un silencio pesado, un sosiego antiguo que parecía haber estado esperándonos desde hacía años. Avanzamos por la calzada principal, flanqueada por mausoleos lujosos, ciudadela de los que en vida gozaron de fortuna y que ahora reposaban en espera del juicio final.

El aire se tornaba más denso a cada paso. Las tumbas, concavidades mudas, nos observaban como cuencas vacías de calaveras. Los sepulcros de los primeros pobladores guardaban secretos petrificados, testigos de una historia que se había detenido en aquel campo santo.

Llegamos al callejón donde dormía eternamente nuestra abuela. Con la devoción de nietos fieles, dejamos rosas en su viejo jarrón y elevamos una oración para su espíritu. El ritual cumplido, recorrimos los pasillos sombríos, como solíamos hacer desde niños, cuando nuestros padres nos llevaban a visitar a los que partieron antes que nosotros.

Pero aquel día, algo distinto aconteció. En la parte antigua de la necrópolis, donde reposan los niños y bebés muertos en los años misteriosos de los setenta, me encontré solo. El viento helado golpeaba los vitrales polvorientos de las tumbas olvidadas, y la tristeza del abandono se hacía palpable.

De pronto, vi a una mujer vestida de luto. Arrodillada, lloraba al pie de un nicho. Encendió una vela y, tras dejarla alumbrando la tumba, se apartó con prisa. Mi curiosidad quiso seguirla, pero la voz temerosa de mi primo me llamó. Al reunirnos, me confesó con asombro que había visto lo mismo: una mujer de luto dejando una vela en otro sepulcro.

Apresurados, buscamos la salida. El guardián nos esperaba a lo lejos, y al alcanzarlo nos advirtió: “Corran, que se encenderán las luces. No miren atrás cuando se vayan”. Luego partió veloz en su bicicleta, perdiéndose en la oscuridad.

Nosotros también emprendimos la retirada. Sin embargo, la curiosidad de mi primo lo hizo detener la motocicleta. Desde la loma, miramos hacia el cementerio infantil. Y entonces lo vimos: uno a uno, los nichos se iluminaban con diminutas llamas, como si las almas de los inocentes despertaran para encender su propia vigilia.

Mauricio Lozano




LA CASONA MALDITA

Los albañiles que trabajaban en la vieja casona conocida como El Palomar jamás imaginaron que, al excavar bajo sus cimientos húmedos y resquebrajados, despertarían un secreto condenado al silencio. Allí, entre la tierra oscura y el olor a moho, brillaban dos barras de oro sólido, ocultas por siglos. La ambición, como un veneno súbito, se apoderó de ellos. Dejaron herramientas y deberes, huyendo con el tesoro, ignorando que aquel oro no pertenecía a los hombres, sino a fuerzas más antiguas y oscuras.

El tiempo pasó, pero lo maldito nunca se olvida. Las sombras reclaman lo suyo.

Agosto de 1991. La noche se extendía como un manto de ceniza sobre la casona. Una niña de doce años comenzó a mostrar signos de posesión: convulsiones, gritos desgarradores, palabras que no eran suyas. A medianoche, un silbido atravesaba los corredores, y con él, los muebles crujían, las paredes vibraban, y el aire se volvía insoportable.

—¡Mamá, mamita! —gritaba la niña— ¡Ven por favor!... ¡Estoy volando por los aires!

La madre, desesperada, buscó ayuda en hermanos evangelistas. Llegaron con valor y fe, pero al sonar las doce, la casa se transformó en un infierno: puertas que se abrían solas, objetos que se agitaban, voces que no pertenecían a ningún ser vivo. Rezaron, clamaron, y apenas lograron que la niña descansara, pálida como un espectro, sus cabellos flotando como hilos de telaraña en un viento invisible.

Los días siguientes fueron un tormento. La niña hablaba de un “amiguito rubio” que jugaba con ella, aunque nadie más podía verlo.

—Él está aquí, a mi lado mamá —susurraba la niña con ojos brillantes. —Yo no veo a nadie, hijita —respondía la madre, temblando. —Pero yo sí, mamá.

La madre, entre el miedo y la ternura, la abrazaba con fuerza, intentando protegerla de aquello que no comprendía. El padre, incrédulo, buscó más ayuda: evangelistas de Cartavio, biblias en mano, que también huyeron espantados al enfrentar el horror.

Finalmente, acudieron al párroco de Casa Grande. Escéptico, aceptó presenciar lo ocurrido. Esa noche, a las doce en punto, la niña gritó con voz desgarradora:

—¡Mama, bájame! ¡Estoy volando por los aires!

Al entrar en la alcoba, la visión fue insoportable: la niña suspendida, implorando que la bajaran, sus ojos en blanco, su cuerpo retorcido como si manos invisibles la sostuvieran. El cura, tembloroso, alzó una cruz y un escapulario, roció agua bendita y ordenó al espíritu abandonar la casa:

—¡Espíritu del mal, en nombre de Dios te ordeno que te vayas!

Las paredes vibraron, las ventanas se abrieron de golpe, y un viento helado recorrió la casona. Una luz extraña irrumpió por las ventanas, iluminando todo con un resplandor antinatural. El cura permaneció firme, aunque su voz temblaba. Finalmente, la calma descendió como un bálsamo. La niña volvió a la tierra, exhausta, y desde entonces jamás sufrió aquellos tormentos.

La casona quedó marcada por la memoria de lo ocurrido. El oro maldito había sido arrancado de sus guardianes, y el precio fue el dolor de una inocente. El Palomar, desde entonces, respira un aire de melancolía, como si las paredes aún guardaran el eco de aquel silbido que anunciaba la llegada de lo prohibido.

Aunque la niña volvió a la calma, la casona nunca recuperó del todo su paz. Las paredes parecían susurrar en las noches, y el aire cargado de humedad traía consigo un eco lejano, como si el silbido aún aguardara en algún rincón oculto.

Una madrugada, la madre despertó sobresaltada. El reloj marcaba las doce y un leve murmullo recorrió la casa. Se levantó con el corazón en la garganta y caminó hacia la alcoba de su hija. Al abrir la puerta, la vio sentada en la cama, con los ojos fijos en la ventana.

—¿Qué haces despierta, hijita? —preguntó con voz temblorosa. —Él está aquí, mamá —respondió la niña, señalando hacia la oscuridad. —¿Quién, hija? —Mi amiguito rubio… me dice que pronto vendrá por lo suyo.

La madre retrocedió, helada. El recuerdo de los aterradores dias pasados, volvieron a su mente como un golpe. Y con terror en la voz, le pregunto:

—¿Y que es lo suyo?

—Dice, que el oro que encontraron los hombres.

La madre al princio de escuchar eso que decia su hija, no entendia. Pero poco despues, comenzo a sospechar de lo que podria ser, cuando recordo la manera de como los albañiles se fueron del lugar dejando todo.

Las noches siguientes se tornaron insoportables. El silbido regresó, más fuerte, más insistente. Los muebles se agitaban, las puertas se cerraban con violencia, y la niña hablaba en lenguas desconocidas, con una voz que no era la suya.

—¡Devuélvanlo! —gritaba entre convulsiones— ¡El oro no es de ustedes!

—¡Nosotros no lo tenemos! ¡Deja en paz a mi familia por favor! —contesto la madre, llorando y suplicando.

Esa noche, fue corriendo a buscar al padre de la iglesia, con lo cual, fue enseguida a la casona. Y al entrar al cuarto dond estaba la niña, la vio dormida, y acercandoce para poder ver si estaba bien, rapidamete la niña desperto, le arranco el crucifico del cueyo y le quizo undir el crucifico de plata en el ojo, con lo cual el padre rapidamente le agarro el brazo y le quito el crucifico. Para despues la niña con un semblante terrorifico se comenzo a reir de una manera horrorifica.

El padre, desesperado, salio de la casona y buscó nuevamente al párroco. Este, agotado por la experiencia anterior, dudó en regresar. Pero finalmente aceptó, convencido de que el mal no había sido derrotado, sino apenas contenido.

La madre el conto sobre lo ocurrido con los alabañiles, al padre y al parroco. Al princio, quisieron averiguar sobre la vida de los alanbañiles, asi tratarlos de convencer de que regresen el oro, pero se dieron cuenta que tratar de ubicarlos hiba ser muy dificil. Enotces diciedieron por enfrentar a ese mal una vez mas, pero ahora con la intencion de que nunca mas volviera. Asi que el padre y parroco, coemenzaro a prepararce.

Dos dias pasaron sin mayores por menores, la niña seguia en cama, su madre le podia el alimento en la mesita de noches, quien ella solo la veia entrar y observar en estado catatonico.

La última noche fue la más terrible. A las doce en punto, la casona entera se estremeció como si un terremoto la sacudiera. Las ventanas se abrieron de golpe, dejando entrar un viento helado que apagó las velas. La niña fue levantada en el aire, sus brazos extendidos, sus ojos en blanco, mientras una risa macabra resonaba en cada rincón.

—¡Mama, bájame! ¡Me llevan! —gritaba con desesperación.

El padre, con voz quebrada, alzó la cruz y clamó: —¡Espíritu del abismo, en nombre del Altísimo, abandona esta criatura!

Pero la voz que emergió de la niña fue un rugido profundo, inhumano: —¡El oro es mío! ¡Nadie lo arrebatará!

El suelo se abrió bajo la cama, dejando ver un resplandor dorado, como si las barras de oro enterradas reclamaran su dueño. El cura, temblando, arrojó agua bendita y gritó con todas sus fuerzas. La luz se apagó de golpe, el suelo se cerró, y la niña cayó exhausta en los brazos de su madre.

Desde aquella noche, nunca más se volvió a hablar del oro ni de los albañiles que lo robaron. La casona quedó abandonada, cubierta de polvo y silencio. Los vecinos aseguran que, al pasar cerca de El Palomar, aún se escucha un silbido tenue a medianoche, como un recordatorio de que lo prohibido nunca debe tocarse.

Y quienes se atreven a mirar por las ventanas juran haber visto a un niño rubio, sentado en la penumbra, esperando pacientemente…

Mauricio Lozano




jueves, 15 de agosto de 2019

LOS TÚNELES DE CASA GRANDE


En el anexo de Sausal, en el año 1947, a las dos de la madrugada, un automóvil que trasladaba a un líder sindical fue emboscado en medio de la carretera, entre el cruce hacia aquel pueblo y la vía que conducía a Casa Grande. Bajo la penumbra de la noche, bajo un cielo negro sin estrellas, el vehículo fue interceptado por dos sicarios que buscaban asesinar al dirigente, recién salido de un acuerdo con los pobladores de Sausal que tendría repercusiones en las futuras elecciones presidenciales.

Los malhechores, sin percatarse de que en la parte trasera del auto viajaba uno de los guardaespaldas, descendieron de sus motocicletas y apuntaron sus armas para cumplir con su tarea. Pero fueron sorprendidos por aquel profesional de la seguridad, quien, al ver en peligro la vida de su protegido, disparó desde donde estaba sentado. La puerta trasera se abrió de golpe y el agente salió con una maniobra precisa de defensa armada.

El primer sicario cayó abatido de inmediato. Su compañero, al ver a su cómplice desplomarse, saltó de la moto para salvarse y corrió hacia los cañaverales. Sin embargo, el guardaespaldas volvió a disparar: a cinco metros de distancia, la bala alcanzó al fugitivo en la espalda. El segundo delincuente cayó muerto en el acto, justo cuando intentaba internarse en la espesura.

¿Quién era aquel guardaespaldas que portaba un arma tan poderosa, capaz de acabar con dos sicarios en cuestión de segundos? Su nombre permanece desconocido. Lo que se recuerda es el arma que llevaba siempre en su cinturón, lista para emergencias: una pistola semiautomática Parabellum, popularmente conocida como Luger. De origen alemán, fue uno de los primeros prototipos con un mecanismo especial de repetición, utilizada por soldados y oficiales del Partido Nacionalista Obrero Alemán, más conocido como el Partido Nazi.

La historia que da título a este relato se basa en lo que me contó, muchos años atrás, aquel héroe anónimo que interrumpió el asesinato del caudillo sindical.

“Cuando era joven trabajé como ayudante en la Fábrica de Azúcar de Casa Grande, en tiempos en que aún funcionaba como cooperativa. Participé en una excavación dentro de la planta, exactamente en la sección de Calderos. El jefe nos advirtió que este trabajo sería distinto y que todo lo que viéramos debía quedar en secreto.

En los sótanos de la fábrica había pasajes que conectaban con la Casa Cooperativa, el Cine Casa Grande, la iglesia y la casona El Palomar, donde antaño los alemanes celebraban reuniones y banquetes. Al internarnos en los túneles, encontramos objetos de gran valor histórico: cajas con inscripciones en alemán y el águila tallada de la era pre-Hitler. Dentro había pistolas Luger y rifles Mauser. También hallamos baúles con ropa y utensilios de la época.

Nuestro jefe, atónito, nos hizo jurar silencio. Pero me obsequió una de esas pistolas Luger, pues confiaba en mi disciplina y lealtad. Me contó que, tras la reforma agraria de Juan Velasco Alvarado, algunos alemanes se refugiaron en esos túneles por miedo a represalias. Poco después, los socavones fueron sellados y nunca más se habló de ello… hasta hoy.”

 

Mauricio Lozano


EL AULLIDO DEL PERRO

En las noches del valle, cuando el murmullo de las conversaciones se apaga y solo queda el eco de las risas perdidas, un misterio se cierne sobre las casas humildes. Entre los relatos que los ancianos comparten al calor de la lámpara, ninguno provoca tanto silencio como aquel que habla del aullido del perro.

Dicen que no es un simple lamento, sino un presagio. Un sonido prolongado, desgarrador, que atraviesa la piel y congela la sangre del más valiente. Nadie ha podido descifrar qué ve el animal en ese instante: algunos aseguran que contempla el alma del moribundo, suspendida entre este mundo y el otro; otros juran que presencia a la propia muerte, que llega días antes a reclamar lo que le pertenece. Hay quienes creen que el perro siente la densidad invisible de la partida, esa pesadez que anuncia el último suspiro.

Cuando el aullido se alza, los más viejos se persignan con gesto solemne. Sus labios murmuran oraciones breves, plegarias que buscan proteger al alma que se despide y acompañarla en su tránsito. Porque en Chicama, todos saben que tras ese lamento habrá una casa enlutada, un hogar marcado por la visita inevitable.

Así, el perro se convierte en guardián del umbral, mensajero de lo desconocido. Su voz nocturna no es solo un grito: es el eco de la muerte que ronda, el aviso que la tierra escucha antes de entregar a uno de los suyos al silencio eterno.



Mauricio Lozano




viernes, 24 de mayo de 2019

El FAROL


Don Feliciano, un antiguo poblador de Facala, relata que cierta noche mientras se hallaba regando el campo en donde está ubicada la huaca La Torta, se presentó una bola luminosa, como si pendiera de algo invisible en el cielo.

El objeto luminoso irradiaba una luz esplendorosa, que parecía estar de día, a las 11 y 30 de la noche. Dice que la bola a ratos se agrandaba y, a ratos, se empequeñecía, sin perder su intensidad la luz. No se apagó hasta que termine de regar el campo.
El farol aparecía y desaparecía de la nada, recuerda.

Augusto Pérez, por su parte, traer a la memoria que su padre, en vida, le había contado también algo sobre el farol. Dijo que lo había visto en el cerro Botija, en Pampas de Ventura y que, luego de trajinar desde el cerro Ascope, se perdía en el cementerio viejo del pueblo Ascopano.

La luz intermitente, se interrumpía de momento y volvía a empezar a alumbrar de modo alternativo. La luz que irradiaba tenía varios tonos: amarillo, rojo, verde y celeste, parecido al arco iris, solía decir, para luego añadir que la luz era redonda, como un auténtico farol, recuerda don Augusto.

Luis Chuiquipoma Muñoz





jueves, 9 de mayo de 2019

LA MAQUINA



Así, con este nombre, conocían los pobladores de la hacienda Casa Grande a la locomotora, una maravillosa invención del hombre para el traslado de personal y de carga, introducida en 1873, por el alemán Luis G. Albrecht para trasportar la caña del campo al ingenio, construido también ese mismo año.
La presencia de la maquina causó temor y asombro a los peones negros, indios y chinos. Les parecía un monstruo cauteloso, una serpiente insidiosa, motivo por lo cual se mantenían alejados. Temían ser atacados.
El miedo aumentaba cuando el monstruo, o dragón de acero, botaba humo negro por una chimenea pequeña, cuando las ruedas escondidas se resbalaban sobre dos líneas de fierro, clavadas sobre durmientes de espino, con clavos de acero, y cuando soplaba vapor por sus válvulas de seguridad, haciendo un estruendoso ruido.
El rumor de las ruedas, el pito y las campanas llegaban al cerebro confuso, como una misteriosa penumbra. Ante esta situación temerosa de los peones, el dueño abordo la máquina y ordeno que todos hicieran lo mismo. Todos obedecieron sin dudas unas murmuraciones. Arriba, y aun pusilánimes, se abrazaron fuerte para no caer y ser destrozados por la máquina.
Al toque del pito, la maquina comenzó a rodar lentamente y fue perdiéndose por entre los cañaverales. Pujante y majestuosa atravesó los campos cercanos y regreso a la hacienda triunfante.
El peligro, indudable, era inminente. Cuando entraron en vigencia definitivamente y empezaron a jalar los convoyes de caña compuestos hasta de treinta carros de línea; los peones se quedaron electrizados y miraron   el horrible espectáculo llenos de estupor.
Pero, ni que hacer, tuvieron que adecuarse y familiarizarse con la máquina.
Los convoyes de caña, antes de cruzar la población, anunciaban su presencia tocando varias veces el pito ensordecedor. Avisaba su paso, para que la línea estuviera despejada de gente y no intentaran cruzar la línea. Venían manejados por un hombre responsable y dos ayudantes llamados brequeros.
En los días posteriores, comprendiendo que la maquina no mordía, la gente observaba alegre verla deslizarse a la maquina jalando treinta carros con caña quemada, como una culebra parda con su penacho de humo y sus bufidos característicos.
A partir de 1910, ya con la familia Gildemeister como dueña de la hacienda Casa Grande, el ferrocarril recibió un gran impulso. Adquirió nuevas unidades, con más fuerza o potencia y tendió nuevas líneas que entrelazaron a la hacienda con los demás anexos desparramados por todo el Valle de Chicama y el Puerto Chicama.
La extensión total de la línea alcanzaba los 298,9 kilómetros, incluyendo los ramales y desvíos. Otros ramales, de menor importancia, abarcaban una extensión de 146.7 Kilómetros, aparte de la línea del patio del El Tráfico, que sumaba 35.9 Kilómetros.
En el largo recorrido de la maquina o tren, la hacienda Casa Grade tenia estaciones en el Puerto Chicama, Chuin, Garbanzal, Roma, Sausal, Chicama, Chocope, Farias y Veracruz. Y varias líneas de cambio de vía.
Las principales líneas eran:
Casa Grande - Huabalito (41.5 Kilómetros)
Casa Grande -  Malabrigo (35.9 Kilómetros)
Las máquinas o trenes tenían tracción a vapor y motores diésel, como la famosa Cuatrito, que presto servicio especial, hasta los últimos momentos de la desaparición del ferrocarril en la hacienda. Corrían a una velocidad de más de 150 Kilómetros por hora y la mayoría de las maquinas pesaban más de cien toneladas.
La hacienda Casa Grande tenía alrededor de 25 máquinas o locomotoras, enumeradas del 1 a 25; a excepción del 7, la misma que sufrió un descarrilamiento a la altura de Mocan, ocasionando la muerte de ocho braceros.
Las máquinas no entraban al campo cosechado. Esperaban en la línea principal. Bueyes a cargo de un gañan sacaban los carros con caña. El tendido de la línea en el campo lo hacia la sección Línea Firme, a través de un grupo de trabajadores llamados portatileros.
Un imponente espectáculo ofrecía. Cruzaban los campos y la población durante el día y la noche. Iban directo a el Trafico, que era un enorme patio en donde depositaban su carga los convoyes de caña, para ser jalados luego por las Mamonas a la fábrica.
El patio o el Trafico, en donde los carros de línea con caña esperaban su turno para ser jalados a la fábrica, quedaba inicialmente, en donde, hoy, es el Parque Fabrica. Posteriormente, a partir de 1937 probablemente, funcionó en el lado noreste del ingenio.
A su paso por la población, se observaba casi a diario, el nefasto espectáculo que ofrecía la gente, al intentar jalar una cala estando la maquina en pleno movimiento. Si la caña estaba apretada y no la soltaba a tiempo, la maquina los arrastraba un buen espacio. Los imprudentes se levantaban todos empolvados y con el rostro pálido y rasmillados.
Este cuadro era protagonizado por adultos y muchachos.
La máquina era una preocupación constante por el ruido, por los choques y por los accidentes que se producían diariamente. Había llegado a ser una obsesión entre los pobladores. Miraban con horror a la muerte.
Son muchos los huérfanos y viudas que sembró la maquina a lo largo de 94 años que estuvo vigente. Los continuos accidentes dejaron a Casa Grande perdido en un gran mundo, en el infinito universo, en un universo poblado de fantasmas, de bultos negros y blancos, etc.
En 1967 la hacienda Casa Grande dejo sin efecto la era de los ferrocarriles, para dar paso la era de los tráileres. Mas no así la presencia de dos trenes, el 32 y Cuatrito. La primera para que hiciera el servicio especial durante la época de verano que llevaba y traía a los peones y familiares del Puerto Chicama y, la segunda, para ofrecer el servicio fúnebre, cuando se presente algún deceso entre las familias casagrandinas.
Fue durante la administración de don Hans Moll Wagner.
De aquella preocupación constante del ruido, del tránsito y de los choques de las máquinas, solo se acuerdan los antiguos pobladores, mas no la juventud, que poco o nada conocen de su existencia.

Luis Chuquipoma Muñoz





   

 

El ESPÍRITU DE LA LLORONA

A las cuatro de la madrugada, cuando el silencio pesa sobre las calles de Casa Grande y el rocío humedece los muros antiguos, Francisco Rodríguez regresaba de su jornada de trabajo. El cansancio lo guiaba con paso lento, pero un sonido quebró la quietud: el llanto de una mujer, tan profundo y doliente que parecía venir desde el fondo del alma.

Francisco se detuvo. El lamento se extendía por la calle, lejano y cercano a la vez, como si flotara entre las sombras. Movido por su instinto de ayuda, aceleró el paso, creyendo que alguna desgracia reclamaba auxilio. Pero al doblar la esquina, la vio.

Una figura blanca se erguía en medio de la penumbra, suspendida sobre el suelo. Su vestido ondeaba como niebla, y su rostro era apenas una sombra sin rasgos, una máscara de dolor. Francisco sintió cómo el aire se volvía pesado, cómo su corazón golpeaba con fuerza dentro del pecho. Supo entonces que no era una mujer viva, sino un alma condenada.

El miedo lo paralizó. Cerró los ojos y murmuró una oración, aferrándose a su fe como quien se aferra a una tabla en medio del naufragio. La presencia lo envolvía, fría y densa, como si quisiera arrancarle el pensamiento. Con voz temblorosa, Francisco invocó a Dios, y el espectro retrocedió lentamente, desvaneciéndose entre la bruma de una calle contigua.

Cuando llegó a su casa, su esposa lo halló pálido, con la mirada perdida. Apenas pudo hablar. Solo alcanzó a decir que había visto a la Dama de Blanco, aquella que vaga por las noches reclamando el alma de sus hijos. Desde entonces, nadie duda en Casa Grande que su llanto aún se escucha cuando la luna se alza sobre los techos y el viento sopla desde el valle.


Mauricio Lozano








sábado, 13 de abril de 2019

LA LLORONA



Por la década de 1950, doña Emilia, una mujer ordenada y hacendosa, acostumbraba regar la calle, todas las noches, entre las 11 y 30 y 12.00 de la noche. No había noche que no dejara de hacerlo. Una noche, después de haber terminado su trabajo, y cuando intentaba ingresar a su casa, ubicada en la entrada a la población de Roma, escucho que alguien lloraba desesperadamente. Escuchaba nítidamente que el misterioso personaje expresaba: “¡Hay mis hijos! ¡Hay mis hijos!”. Lo repetía con mucho sentimiento. El llanto conmovió a doña Emilia. Compadecida, espero junto a la puerta para prestarle ayuda correspondiente.
El esposo, quien conocía la historia de la llorona y se hallaba leyendo un libro en la sala, también había escuchado el llanto de dolor de una mujer. Dejo el libro sobre la mesa y salió corriendo a la calle. Tomo de un brazo a su esposa y la metió a la casa.
—¡Pasa rápido! Es la llorona. Si te encuentra te mata —le dijo.
—¿Y quién es la llorona? —le pregunto, inocentemente, doña Emilia.
—Es una mujer que hace mucho tiempo asesino a sus hijos, en un lugar de América. Probablemente, arrepentida, sale todas las noches a buscarlos. No solo deambula por los pueblos del Valle de Chicama, sino por el mundo entero. Su alma no tiene descanso.
Y, sin pérdida de tiempo, ambos esposos asomaron la cabeza por la ventana y contemplaron la silueta del extraño personaje. Iba volando por el aire.
Para doña Emilia fue una experiencia espeluznante.
Por entonces, las calles de Roma no tenían la iluminación que existe ahora en ellas.
La llorona salía de vez en cuando del mundo olvidado, en donde radicaba. Y son muchas las personas que han escuchado sus lloriqueos, a medianoche.
Doña Blanca, una mujer de ojos vivaces y nervios de acero, también ha oído llorar a la llorona.
Cuentan que una noche, el llanto despertado de su pequeño la había despertado. No sabía si por hambre o porque estaba orinado.
Bajo de la cama. Fue hacia el interruptor y predio la luz. A esa hora, el reloj de su sala marcaba las doce en punto de la noche. Reviso al niño y al estar sequito, le dio de mamar. Ya calmado él bebe, lo recostó, nuevamente, en la cama. Cuando ella iba a hacer lo mismo, escucho que por la calle alguien lloraba desesperadamente y con mucha angustia. Blanca sintió un miedo profundo. Con el pánico reflejado en el rostro salió a la calle para averiguar de quien se trataba. Ella vivía en la calle Trujillo de la hacienda Casa Grande.
Al pisar la calle, noto que existía un absoluto silencio. Por ningún lado aparecía alma alguna. Además, se hallaba abrazada de la oscuridad, pues, por entonces, 1950, no tenía luz pública.
Como no encontró nada, entro a su casa y se dirigió, nuevamente, a su cama para seguir durmiendo. En el momento que intento cerrar los ojos, volvió a escuchar el llanto de una mujer. Pero, esta vez, más lejos.
Después dejo de escucharse un buen rato.
Minutos más tarde volvió a oírse el lloriqueo. Pero, en ese momento, un estruendoso ruido estremeció todo el barrio, que apago la voz chillona.
Doña Blanca nunca supo que produjo el estruendoso ruido. Pero si estuvo completamente segura que el personaje que lloraba era la llorona, aquella mujer que divaga por todo el orbe buscando a sus hijos.

Luis Chuquipoma Muñoz



El PITO


Antes de 1973 se desconoce la forma como en la hacienda Casa Grande se hacía saber a los peones la hora de ingreso y salida del trabajo. De repente, utilizaban una campana u otro instrumento que hiciera ruido.
A partir de aquel año, con la construcción del actual ingenio azucarero, por su propietario, el alemán Luis G. Albrecht, la peonada del campo y de la fábrica, estaba pendiente del fuerte ruido que sonaba a ciertas horas. El estruendoso ruido salía de la chimenea más grande de la fábrica. A ese sonido inarticulado y confuso, más o menos fuerte, se le llamo Pito.
Con la empresa Agrícola Chicama Limitada, el famoso pito, promovido por la acción del vapor, y que comenzó a sonar más fuerte y ronco empezó a jugar un rol muy importante en el seno de la hacienda, durante la noche y la madrugada, para evitar que los trabajadores no se quedaran dormidos.
El pito sonaba a las cuatro de la madrugada, un cuarto para las siete de la mañana, a la siete de la mañana, a las doce del día, un cuarto para la una de la tarde, a la una de la a tarde, a la una de la tarde, a la cinco de la tarde y a las ocho de la noche. Aunque no lo crean, con el tiempo se había convertido en una tradición, en Casa Grande.
Inclusive, jugo un rol vital durante los movimientos sociales. Cada vez que el sindicato decretaba huelga o paralización de labores lo anunciaba mediante un pitazo fuerte y prolongado, alentador insinuante y fortaleciente. Es decir, apoyaba de manera indirecta la decisión de los peones. Al escuchar la gente el pitazo salía a las calles a gritar: “¡Paro! ¡paro!”. Nadie acudía al trabajo. Eran solidarios cien por ciento.
La enorme chimenea expedía, asimismo, vapor, un buen rato, cada fin de año. Lo hacía con elegancia y sonoridad, muy diferente al pito de todo el año. Despedía al año viejo y daba la bienvenida al año nuevo. En ese momento, toda la gente se abrazaba y se deseaban un “Feliz Año”.
La caldera que permitía tocar el pito o sirena tenía una chimenea que botaba bocanadas de humo negro o blanco. Parecía un volcán en erupción.
Ronco y atrevido, el sonido característico que anunciaba la entrada y salida de los trabajadores de la fábrica, iba contagiado del rico aroma del guarapo que, de rato en rato, exhalaba perfumando el medio ambiente hasta llenar nuestros pulmones.
El pito de Casa Grande, como hacienda y cooperativa, era como una canción de cuna. Se dispersaba alegremente por todos los pueblos cercanos del Valle Chicama.
Gracias al pito, los pobladores sabían en qué hora se encontraban; cual era el pito que les indicaba la hora de almorzar o de merendar, también dormir. Cada pito tenía su hora, a la que la gente estaba acostumbrada a escuchar. Con los negros, los chinos, los japoneses, lo serranos y los mestizos, estuvo siempre presente el pito.
Lo curios del caso era que el pito no tocaba solo. Un trabajador se encargaba de dejar escapar el vapor que permitía que sonara.
En el año 2006, Casa Grande cayó en manos del grupo Gloria, que no bien se instaló, rompió la tradición laboral del pito, que ya formaba parte de la nutrida historia de la empresa.
Dicho grupo cambio el itinerario, haciendo que despertara a la mañana, las seis de la tarde y diez de la noche. O sea, desfiguro totalmente el horario establecido por los gringos, quienes siempre actuaron sabiamente. Nunca explico el porqué de ese cambio.
A partir de ese año, cuando el pito tocaba, algo desganado, a los trabajadores les traía penosos recuerdos y vagos ensueños. Hasta las columnas de humo que se elevaban al cielo no se encontraban satisfechas. Manifestaban un ciclo de brumas y misterios como queriendo rebelarse, quitándole la dulce melodía al silbido profundo de todos los días. Ya no era largo y agudo, sino corto y débil. Hasta los cañaverales sintieron la nostalgia.
En el 2007, el mismo grupo lo volvió a cambiar. El pito solo sonaba a las dos de la tarde y nueve de la noche, sin tocar la normalidad de la mañana.
A partir del 2011, los supuestos dueños de la empresa Casa Grande, optaron por dejarlo sin efecto. Silenciaron por completo al pito, dejando que las horas pasen unas tras otras, sin recibir el respaldo de la famosa sirena que alertaba a la gente un cuarto de hora antes, a las siete de la mañana y a la una de la tarde.
Sin embargo, el hecho que hayan silenciado al pito, no quiere decir que la gente se haya olvidado de él. ¡No! En el corazón de los casagrandinos sigue floreciendo aquella noble tradición que, por muchísimos años, dio la hora puntualmente.
Inclusive, existe un poema escrito por don Gustavo Obando, un hombre alto, de tez blanca, delgada contextura y muy carismático. El hermoso poema que es recitado con ardor y emoción, en cualquier bar de Perú, se llama “El Pito Ronco”.


Luis Chuquipoma Muñoz