El distrito de Ascope es conocido también por las leyendas que allí se cuentan, ya que es uno de los poblados más antiguos del Valle de Chicama. Entre sus viejas calles, adornadas con casonas de arquitectura colonial, aún se puede apreciar la magnificencia y el resplandor de uno de los pueblos más bellos del pasado liberteño.
Los pobladores de Ascope siempre estuvieron expuestos a singulares hechos, guardados en la memoria de los más ancianos. Muchos secretos se cuidan celosamente entre sus calles y, principalmente, en sus pampas, vigiladas por el cerro “Cuculicote”. En aquel lugar aún se relatan mitos y leyendas a quienes lo visitan, dotando de mayor misticismo a estas tierras.
En “Cuculicote” se revelan, hasta hoy, acontecimientos paranormales. Entre sus rocosas pendientes, todavía se divisan seres que parecen surgir del más abismal averno. Incluso, se rumorea que en ese cerro existe una puerta que conduce al mismísimo infierno.
Las historias que presentamos a continuación son relatos de personas naturales de este pueblo, transmitidos de generación en generación. Los nombres han sido cambiados para mantener el anonimato de los involucrados. Estos hechos refuerzan la idea de que este lugar está impregnado de un misticismo particular, propio de este “León dormido”, una tierra llena de leyenda y misterio.
Una mañana del año 1983, en medio de tormentosas lluvias, dos policías salían de la comisaría rumbo a una vivienda ubicada en una pendiente rocosa del pueblo de Ascope. En esa zona vivía poca gente, debido a lo accidentado del terreno; sin embargo, algunos pobladores se habían atrevido a levantar casas de adobe y quincha, tallando las piedras a punta de pico y pala para formar sus cimientos.
La mañana era fría y gris. La niebla aún no se disipaba y los rayos del sol no lograban imponerse. En aquellos tiempos, la población sufría constantes epidemias de gripe, que a menudo derivaban en complicaciones respiratorias.
Se desconocen las razones exactas por las cuales los policías se dirigían hacia aquella apartada casa, donde vivía una mujer acusada de ser cómplice de un asesinato. Había sido citada a la delegación para responder preguntas, pero nunca acudió.
De esta misteriosa mujer se sabía poco: vivía sola, bajaba ocasionalmente al pueblo y frecuentaba bares por las noches. Era curandera, pero las malas lenguas aseguraban que tenía un pacto con el diablo. Se decía que, en noches de luna, hechizaba a los hombres para cumplir sus caprichos, incluso llevándolos a cometer crímenes para fortalecer su pacto. Muchas mujeres también acudían a ella en busca de remedios para mantener a sus esposos fieles.
Cuando los policías llegaron a la vivienda, quedaron consternados al ver que, desde la parte posterior de la casa, emergía un gran ganso negro que abrió sus alas y emprendió vuelo. Presos del miedo, le dispararon. El animal voló unos metros, pero cayó en picada hacia unas pampas cercanas a campos de maíz.
Los agentes corrieron tras él, siguiendo rastros de sangre que se marcaban en la tierra. Al llegar a una zona del campo, vieron a una mujer desnuda que cojeaba, con una herida sangrante en la pierna. Al reconocerla, quedaron paralizados. La mujer cayó al suelo y, poco a poco, se desvaneció en una bruma de polvo.
Otro caso que conmocionó al pueblo ocurrió en 1985. Los cerros de Ascope eran frecuentados por curanderos y chamanes que realizaban rituales y ofrendas a la madre tierra. Solían subir al anochecer y trabajar a la luz de fogatas. Los pobladores afirmaban ver sus luces en la distancia, especialmente los viernes o martes de luna llena.
Un día, uno de estos curanderos decidió instalarse en la falda de un cerro, donde construyó una pequeña vivienda. Era un hombre de carácter fuerte, mirada penetrante y cejas espesas. Se decía que provenía de Piura y que había trabajado en las lagunas de las Huaringas.
Con el tiempo, se hizo muy conocido por su habilidad para curar, atrayendo a personas de todo el Valle de Chicama. Sin embargo, su éxito despertó la envidia de otros practicantes.
Una noche, tras realizar un ritual, descendía por una pendiente cuando vio la silueta de una mujer acercarse. De pronto, sintió su cuerpo paralizarse y un frío intenso recorrerlo. Reuniendo fuerzas, logró repeler al ente con una oración. Entonces comprendió que se trataba de una bruja, practicante de magia negra, que desapareció entre la oscuridad.
Desde entonces, comenzó a sentirse acechado. Percibía presencias alrededor de su casa. En una ocasión, una mujer se le acercó y, sin previo aviso, le sopló un polvo en el rostro, dejándolo ciego. Con sus conocimientos, logró recuperarse, pero comprendió que estaba siendo atacado constantemente.
Cansado, acudió a otros chamanes para enfrentar a la bruja. Una noche de viernes, mientras en el pueblo se celebraba una fiesta patronal, realizaron un poderoso ritual en los cerros. Sobre una manta roja colocaron amuletos, sahumerios, calaveras y frascos con mezclas de alcohol y hierbas.
Mientras entonaban cánticos y bebían un preparado de San Pedro, una figura alada apareció en el cielo: una bestia negra, semejante a un gallinazo. Descendió violentamente y tomó al curandero con sus garras, elevándolo varios metros.
Los chamanes, aterrorizados, comenzaron a rociar agua bendita y a recitar oraciones. En medio del forcejeo, el curandero clavó un crucifijo de acero en la pata de la criatura, obligándola a caer.
La bestia tomó forma humana: era la bruja. Los chamanes la inmovilizaron mientras el curandero la maldecía, condenándola por sus actos.
Al amanecer, los vecinos alertaron sobre un olor nauseabundo proveniente de una casa del pueblo. La policía forzó la entrada y encontró el cuerpo de una mujer desnuda, muerta desde hacía varios días.
Otro suceso que marcó profundamente a una mujer ocurrió en 1998.
Una fría mañana de agosto, doña Nora, una humilde pobladora de Ascope, salió en busca de forraje para sus animales. Como de costumbre, se dirigió hacia las pampas cercanas al cerro “Cuculicote”. El cielo estaba cubierto por una neblina espesa y el viento soplaba con un silbido inquietante entre los matorrales secos.
Mientras recogía ramas y hierbas, sintió que no estaba sola. Una sensación extraña recorrió su cuerpo, como si alguien la observara desde algún punto invisible. Intentó ignorarlo, atribuyéndolo al frío o al cansancio, pero aquel presentimiento se hacía cada vez más intenso.
De pronto, escuchó un murmullo. Era un susurro tenue, casi imperceptible, que parecía pronunciar su nombre. Doña Nora se quedó inmóvil. El corazón le latía con fuerza mientras giraba lentamente la cabeza en busca del origen de aquella voz.
A unos metros de distancia, entre la neblina, logró distinguir la figura de una mujer. Vestía de negro, con el cabello largo y desordenado que le cubría parcialmente el rostro. Permanecía de pie, completamente quieta.
Doña Nora, con voz temblorosa, le preguntó qué hacía en ese lugar. La figura no respondió. En cambio, comenzó a acercarse lentamente, arrastrando los pies sobre la tierra. Con cada paso, el ambiente se volvía más frío y pesado.
El miedo se apoderó de ella. Intentó retroceder, pero sus piernas no respondían. Sintió un entumecimiento que la paralizaba por completo. Cuando la figura estuvo lo suficientemente cerca, levantó el rostro: sus ojos eran oscuros, profundos, como dos abismos sin fondo.
En ese instante, la mujer extendió su mano y sopló un polvo grisáceo hacia el rostro de doña Nora. Ella sintió un ardor intenso en los ojos y lanzó un grito desgarrador. La oscuridad la envolvió por completo.
Horas después, fue encontrada por unos pobladores que pasaban por la zona. Estaba tendida en el suelo, desorientada y sin poder ver. La llevaron de inmediato a su casa, donde permaneció varios días sin recuperar la vista.
Desesperada, su familia acudió a un curandero, quien tras examinarla aseguró que había sido víctima de un mal provocado por una bruja. Realizó diversos rituales con hierbas, rezos y baños de florecimiento.
Con el paso de los días, doña Nora comenzó a recuperar lentamente la visión. Sin embargo, jamás volvió a ser la misma. Aseguraba que, en las noches, veía aquella figura parada en la esquina de su habitación, observándola en silencio.
Los pobladores afirmaban que aquella aparición era la misma bruja que había sido enfrentada años atrás en los cerros. Decían que su espíritu aún vagaba por “Cuculicote”, buscando venganza contra aquellos que se atrevían a desafiarla.
Desde entonces, muchos evitan acercarse a ese lugar cuando cae la noche. Y quienes lo hacen, aseguran escuchar susurros entre el viento… como si alguien los llamara por su nombre.

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