Cuentan los ancianos de Paiján que, en tiempos remotos, un aluvión descendió con furia desde los cerros, arrasando campos y caminos. Cuando las aguas se calmaron, quedó formada una laguna junto al paraje conocido como El Cerro Azul. Desde entonces, aquel espejo de agua fue llamado La Laguna Azul, y pronto se convirtió en un lugar rodeado de misterio.
En los días cálidos, los jóvenes acudían a refrescarse en sus aguas cristalinas. Pero quienes se acercaban demasiado descubrían un prodigio inquietante: unos patos de plumaje resplandeciente nadaban en el estanque, como guardianes de un secreto antiguo. La belleza de aquellas aves despertaba la codicia en los corazones más ingenuos.
Se dice que un muchacho, cegado por el deseo de atrapar uno de esos animales, se internó en la laguna. A cada paso, el agua lo abrazaba con más fuerza, como si manos invisibles lo arrastraran hacia las profundidades. Cuando estuvo a punto de alcanzar al pato, una fuerza oscura lo absorbió, hundiéndolo hasta que su vida se apagó en los brazos de la muerte.
Desde entonces, la voz del pueblo asegura que los patos no son simples criaturas, sino la manifestación de un tesoro maldito. Un don de la naturaleza transformado en castigo por la ambición humana. Quien intente poseerlos será atrapado por la maldad que habita en las entrañas de la Laguna Azul.
Así, generación tras generación, se transmite la advertencia: admira la belleza de la laguna, pero nunca intentes poseer lo que ella guarda, pues su encanto es también su condena.
Mauricio Lozano

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