Los albañiles que trabajaban en la vieja casona conocida como El Palomar jamás imaginaron que, al excavar bajo sus cimientos húmedos y resquebrajados, despertarían un secreto condenado al silencio. Allí, entre la tierra oscura y el olor a moho, brillaban dos barras de oro sólido, ocultas por siglos. La ambición, como un veneno súbito, se apoderó de ellos. Dejaron herramientas y deberes, huyendo con el tesoro, ignorando que aquel oro no pertenecía a los hombres, sino a fuerzas más antiguas y oscuras.
El tiempo pasó, pero lo maldito nunca se olvida. Las sombras reclaman lo suyo.
Agosto de 1991. La noche se extendía como un manto de ceniza sobre la casona. Una niña de doce años comenzó a mostrar signos de posesión: convulsiones, gritos desgarradores, palabras que no eran suyas. A medianoche, un silbido atravesaba los corredores, y con él, los muebles crujían, las paredes vibraban, y el aire se volvía insoportable.
—¡Mamá, mamita! —gritaba la niña— ¡Ven por favor!... ¡Estoy volando por los aires!
La madre, desesperada, buscó ayuda en hermanos evangelistas. Llegaron con valor y fe, pero al sonar las doce, la casa se transformó en un infierno: puertas que se abrían solas, objetos que se agitaban, voces que no pertenecían a ningún ser vivo. Rezaron, clamaron, y apenas lograron que la niña descansara, pálida como un espectro, sus cabellos flotando como hilos de telaraña en un viento invisible.
Los días siguientes fueron un tormento. La niña hablaba de un “amiguito rubio” que jugaba con ella, aunque nadie más podía verlo.
—Él está aquí, a mi lado mamá —susurraba la niña con ojos brillantes. —Yo no veo a nadie, hijita —respondía la madre, temblando. —Pero yo sí, mamá.
La madre, entre el miedo y la ternura, la abrazaba con fuerza, intentando protegerla de aquello que no comprendía. El padre, incrédulo, buscó más ayuda: evangelistas de Cartavio, biblias en mano, que también huyeron espantados al enfrentar el horror.
Finalmente, acudieron al párroco de Casa Grande. Escéptico, aceptó presenciar lo ocurrido. Esa noche, a las doce en punto, la niña gritó con voz desgarradora:
—¡Mama, bájame! ¡Estoy volando por los aires!
Al entrar en la alcoba, la visión fue insoportable: la niña suspendida, implorando que la bajaran, sus ojos en blanco, su cuerpo retorcido como si manos invisibles la sostuvieran. El cura, tembloroso, alzó una cruz y un escapulario, roció agua bendita y ordenó al espíritu abandonar la casa:
—¡Espíritu del mal, en nombre de Dios te ordeno que te vayas!
Las paredes vibraron, las ventanas se abrieron de golpe, y un viento helado recorrió la casona. Una luz extraña irrumpió por las ventanas, iluminando todo con un resplandor antinatural. El cura permaneció firme, aunque su voz temblaba. Finalmente, la calma descendió como un bálsamo. La niña volvió a la tierra, exhausta, y desde entonces jamás sufrió aquellos tormentos.
La casona quedó marcada por la memoria de lo ocurrido. El oro maldito había sido arrancado de sus guardianes, y el precio fue el dolor de una inocente. El Palomar, desde entonces, respira un aire de melancolía, como si las paredes aún guardaran el eco de aquel silbido que anunciaba la llegada de lo prohibido.
Aunque la niña volvió a la calma, la casona nunca recuperó del todo su paz. Las paredes parecían susurrar en las noches, y el aire cargado de humedad traía consigo un eco lejano, como si el silbido aún aguardara en algún rincón oculto.
Una madrugada, la madre despertó sobresaltada. El reloj marcaba las doce y un leve murmullo recorrió la casa. Se levantó con el corazón en la garganta y caminó hacia la alcoba de su hija. Al abrir la puerta, la vio sentada en la cama, con los ojos fijos en la ventana.
—¿Qué haces despierta, hijita? —preguntó con voz temblorosa. —Él está aquí, mamá —respondió la niña, señalando hacia la oscuridad. —¿Quién, hija? —Mi amiguito rubio… me dice que pronto vendrá por lo suyo.
La madre retrocedió, helada. El recuerdo de los aterradores dias pasados, volvieron a su mente como un golpe. Y con terror en la voz, le pregunto:
—¿Y que es lo suyo?
—Dice, que el oro que encontraron los hombres.
La madre al princio de escuchar eso que decia su hija, no entendia. Pero poco despues, comenzo a sospechar de lo que podria ser, cuando recordo la manera de como los albañiles se fueron del lugar dejando todo.
Las noches siguientes se tornaron insoportables. El silbido regresó, más fuerte, más insistente. Los muebles se agitaban, las puertas se cerraban con violencia, y la niña hablaba en lenguas desconocidas, con una voz que no era la suya.
—¡Devuélvanlo! —gritaba entre convulsiones— ¡El oro no es de ustedes!
—¡Nosotros no lo tenemos! ¡Deja en paz a mi familia por favor! —contesto la madre, llorando y suplicando.
Esa noche, fue corriendo a buscar al padre de la iglesia, con lo cual, fue enseguida a la casona. Y al entrar al cuarto dond estaba la niña, la vio dormida, y acercandoce para poder ver si estaba bien, rapidamete la niña desperto, le arranco el crucifico del cueyo y le quizo undir el crucifico de plata en el ojo, con lo cual el padre rapidamente le agarro el brazo y le quito el crucifico. Para despues la niña con un semblante terrorifico se comenzo a reir de una manera horrorifica.
El padre, desesperado, salio de la casona y buscó nuevamente al párroco. Este, agotado por la experiencia anterior, dudó en regresar. Pero finalmente aceptó, convencido de que el mal no había sido derrotado, sino apenas contenido.
La madre el conto sobre lo ocurrido con los alabañiles, al padre y al parroco. Al princio, quisieron averiguar sobre la vida de los alanbañiles, asi tratarlos de convencer de que regresen el oro, pero se dieron cuenta que tratar de ubicarlos hiba ser muy dificil. Enotces diciedieron por enfrentar a ese mal una vez mas, pero ahora con la intencion de que nunca mas volviera. Asi que el padre y parroco, coemenzaro a prepararce.
Dos dias pasaron sin mayores por menores, la niña seguia en cama, su madre le podia el alimento en la mesita de noches, quien ella solo la veia entrar y observar en estado catatonico.
La última noche fue la más terrible. A las doce en punto, la casona entera se estremeció como si un terremoto la sacudiera. Las ventanas se abrieron de golpe, dejando entrar un viento helado que apagó las velas. La niña fue levantada en el aire, sus brazos extendidos, sus ojos en blanco, mientras una risa macabra resonaba en cada rincón.
—¡Mama, bájame! ¡Me llevan! —gritaba con desesperación.
El padre, con voz quebrada, alzó la cruz y clamó: —¡Espíritu del abismo, en nombre del Altísimo, abandona esta criatura!
Pero la voz que emergió de la niña fue un rugido profundo, inhumano: —¡El oro es mío! ¡Nadie lo arrebatará!
El suelo se abrió bajo la cama, dejando ver un resplandor dorado, como si las barras de oro enterradas reclamaran su dueño. El cura, temblando, arrojó agua bendita y gritó con todas sus fuerzas. La luz se apagó de golpe, el suelo se cerró, y la niña cayó exhausta en los brazos de su madre.
Desde aquella noche, nunca más se volvió a hablar del oro ni de los albañiles que lo robaron. La casona quedó abandonada, cubierta de polvo y silencio. Los vecinos aseguran que, al pasar cerca de El Palomar, aún se escucha un silbido tenue a medianoche, como un recordatorio de que lo prohibido nunca debe tocarse.
Y quienes se atreven a mirar por las ventanas juran haber visto a un niño rubio, sentado en la penumbra, esperando pacientemente…
Mauricio Lozano

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