miércoles, 17 de junio de 2020

LAS LUCES DEL PANTEÓN

Era una tarde moribunda, gris y helada, cuando emprendimos el viaje en motocicleta hacia el cementerio de nuestro pueblo. El horizonte se apagaba lentamente, y los últimos rayos del sol parecían huir de la tierra de los inmortales. A la entrada, los perros del guardián anunciaron nuestra llegada con ladridos cansinos, como si la fatiga del día y el hambre les hubiesen robado la fuerza.

El custodio, advertido por el eco de nuestros pasos, abrió las rejas negras del panteón. Tras ellas nos aguardaba un silencio pesado, un sosiego antiguo que parecía haber estado esperándonos desde hacía años. Avanzamos por la calzada principal, flanqueada por mausoleos lujosos, ciudadela de los que en vida gozaron de fortuna y que ahora reposaban en espera del juicio final.

El aire se tornaba más denso a cada paso. Las tumbas, concavidades mudas, nos observaban como cuencas vacías de calaveras. Los sepulcros de los primeros pobladores guardaban secretos petrificados, testigos de una historia que se había detenido en aquel campo santo.

Llegamos al callejón donde dormía eternamente nuestra abuela. Con la devoción de nietos fieles, dejamos rosas en su viejo jarrón y elevamos una oración para su espíritu. El ritual cumplido, recorrimos los pasillos sombríos, como solíamos hacer desde niños, cuando nuestros padres nos llevaban a visitar a los que partieron antes que nosotros.

Pero aquel día, algo distinto aconteció. En la parte antigua de la necrópolis, donde reposan los niños y bebés muertos en los años misteriosos de los setenta, me encontré solo. El viento helado golpeaba los vitrales polvorientos de las tumbas olvidadas, y la tristeza del abandono se hacía palpable.

De pronto, vi a una mujer vestida de luto. Arrodillada, lloraba al pie de un nicho. Encendió una vela y, tras dejarla alumbrando la tumba, se apartó con prisa. Mi curiosidad quiso seguirla, pero la voz temerosa de mi primo me llamó. Al reunirnos, me confesó con asombro que había visto lo mismo: una mujer de luto dejando una vela en otro sepulcro.

Apresurados, buscamos la salida. El guardián nos esperaba a lo lejos, y al alcanzarlo nos advirtió: “Corran, que se encenderán las luces. No miren atrás cuando se vayan”. Luego partió veloz en su bicicleta, perdiéndose en la oscuridad.

Nosotros también emprendimos la retirada. Sin embargo, la curiosidad de mi primo lo hizo detener la motocicleta. Desde la loma, miramos hacia el cementerio infantil. Y entonces lo vimos: uno a uno, los nichos se iluminaban con diminutas llamas, como si las almas de los inocentes despertaran para encender su propia vigilia.

Mauricio Lozano




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