Dicen los antiguos del pueblo de Chiclín que, cuando la luna se alza sobre los cañaverales y el murmullo del agua recorre las acequias, una figura femenina vaga entre las sombras. La llaman la Dama desnuda, espíritu condenado que seduce y destruye.
Su belleza es inigualable: cabellera negra que cae hasta la cintura, ojos grandes y hechiceros, piel blanca como la luna, y totalmente desnuda. Algunos tambien la han visto con un vestido traslúcido que ondea como neblina sobre el agua. Los hombres que trabajan en los campos —regadores, vigilantes y tractoristas— han jurado verla alguna vez, bañándose en la oscuridad como una aparición irresistible.
Pero quienes se acercan, atraídos por su encanto, no regresan iguales. Algunos son hallados muertos al amanecer, con el rostro deformado por el espanto. Otros sobreviven, pero corren despavoridos, arrojando babas y sangre por la boca, como si la visión hubiera quebrado su razón. Los pobladores, conocedores de remedios antiguos, les ofrecen agua de azahar o cañazo para apaciguar sus nervios y evitar que caigan en la locura.
La leyenda cuenta que aquella mujer fue esposa de un capataz de la Hacienda Cartavio. Al descubrir la infidelidad de su marido, se arrojó a una acequia caudalosa y murió ahogada. Desde entonces, su espíritu vaga por los canales y ríos del Valle de Chicama, buscando vengar su destino con cada hombre que se cruza en su camino.
Así, cuando un poblador aparece muerto sin causa aparente, o cuando alguien es hallado vagando en estado catatónico por las acequias, todos saben la verdad: la Dama ha reclamado otra víctima. Y los más viejos, con voz grave, advierten a los jóvenes: “No caminen solos por los cañaverales de noche, porque ella aún espera…”
Mauricio Lozano

