En las noches del valle, cuando el murmullo de las conversaciones se apaga y solo queda el eco de las risas perdidas, un misterio se cierne sobre las casas humildes. Entre los relatos que los ancianos comparten al calor de la lámpara, ninguno provoca tanto silencio como aquel que habla del aullido del perro.
Dicen que no es un simple lamento, sino un presagio. Un sonido prolongado, desgarrador, que atraviesa la piel y congela la sangre del más valiente. Nadie ha podido descifrar qué ve el animal en ese instante: algunos aseguran que contempla el alma del moribundo, suspendida entre este mundo y el otro; otros juran que presencia a la propia muerte, que llega días antes a reclamar lo que le pertenece. Hay quienes creen que el perro siente la densidad invisible de la partida, esa pesadez que anuncia el último suspiro.
Cuando el aullido se alza, los más viejos se persignan con gesto solemne. Sus labios murmuran oraciones breves, plegarias que buscan proteger al alma que se despide y acompañarla en su tránsito. Porque en Chicama, todos saben que tras ese lamento habrá una casa enlutada, un hogar marcado por la visita inevitable.
Así, el perro se convierte en guardián del umbral, mensajero de lo desconocido. Su voz nocturna no es solo un grito: es el eco de la muerte que ronda, el aviso que la tierra escucha antes de entregar a uno de los suyos al silencio eterno.

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