En la época en que recién comenzaban a formarse las actuales haciendas azucareras, existían en el valle extensas y hermosas lagunas. Con el paso del tiempo, y como consecuencia de las sequías y la perforación de pozos tubulares, la mayoría de ellas terminó por secarse.
Cerca del cementerio de Chiquitoy, a unos dos kilómetros del centro poblado, existía la famosa Laguna del Pato. Esta se había formado a partir de la filtración de los puquios. Sus aguas eran algo turbias y estaba rodeada de juncos, totoras y pájarobobos. Recibió ese nombre porque en ella pernoctaban grandes cantidades de patos silvestres.
La gente solía visitar este hermoso paraje no tanto por la pesca, sino por la cacería de estas aves multicolores. Sin embargo, con el tiempo comenzó a difundirse la idea de que la laguna estaba encantada, pues en ciertas noches de luna llena se decía que aparecía una deslumbrante pata acompañada de sus patitos, todos de oro.
Cuentan que, en medio de la noche, resplandecían como joyas sobre la superficie del agua, y que muchos incautos perecieron ahogados al intentar cazarlos vivos. Cierto día, uno de los sobrinos de la familia Orbegoso, dueños de la hacienda, al enterarse de esta historia, decidió darles caza. Pero todo fue en vano: la pata y sus patitos, cada vez que eran perseguidos, aparecían y desaparecían en el agua, como si quisieran cansar a sus ambiciosos cazadores y llevarlos a la muerte.
En busca de aquel supuesto tesoro, algunos intentaron incluso secar la laguna, pero tampoco lo lograron. Sin embargo, años después, y de forma misteriosa, el nivel del agua comenzó a descender.
La pata y los patitos de oro dejaron de aparecer en las noches de luna llena. Finalmente, la laguna terminó por secarse sin que nadie encontrara nada en sus fangosas profundidades. Muchos creen que se secó porque la pata y sus patitos, cansados de ser perseguidos, decidieron emigrar hacia la laguna El Toril, ubicada entre Salamanca y La Cruz Verde.
Mauricio Lozano
