En las tardes del campo, cuando el sol se despedía con su resplandor anaranjado, mi abuelo solía recordar aquel pozo que un día tapó. Decía que allí cantaba una gallareta, cuyo canto no era simple melodía de ave, sino un presagio extraño, un anuncio de fenómenos que escapaban a lo natural. Durante años, ese sonido lo inquietó, hasta que una noche, armado de escopeta y coraje, decidió enfrentarlo.
El pozo había sido fuente de vida: de sus aguas regaba las hectáreas de maíz y la huerta de hortalizas que sostenían a la familia. Pero un amanecer trajo la desgracia. Una de sus hijas, aún niña, descubrió el cuerpo hinchado y sin vida del peón que ayudaba en la chacra, flotando en la charca. El hallazgo la marcó con un terror prematuro, y a mi abuelo con una tristeza que nunca se borró del todo. Desde entonces, el pozo dejó de ser un aliado y se convirtió en un lugar de sombras.
Al caer cada tarde, el canto de la gallareta se alzaba desde los juncos, como si la naturaleza misma quisiera recordar la tragedia. Al principio, mi abuelo lo tomó como un signo de paz, pero pronto aquel canto se volvió inquietante. Una noche, entre los espinos, creyó ver un ave blanca que se desvaneció en la oscuridad. Desde entonces, la curiosidad y el miedo lo acompañaron.
Pasaron noches enteras en vela, escuchando el canto cercano, hasta que finalmente la vio: una gallareta blanca, espectral, que emergía del agua y se posaba en el espino. Su canto se mezclaba con lamentos humanos, llantos que parecían brotar del mismo pozo donde el peón había muerto. Mi abuelo huyó despavorido, convencido de que aquella ave era la encarnación del alma condenada.
El tiempo pasó, y los rumores crecieron: peones y viajeros aseguraban escuchar los mismos lamentos en la noche. Mi abuelo, hombre de fe y trabajo, evitaba el lugar, pero la visión del ave lo perseguía. Hasta que una noche, decidido a poner fin al misterio, tomó su escopeta y enfrentó a la gallareta blanca. El disparo resonó en la oscuridad, los perros ladraron en las granjas vecinas, y el ave desapareció sin dejar rastro.
Nunca más se escuchó su canto. Nunca más se oyeron los llantos del pozo. Mi abuelo, en un acto de clausura, tapó la charca y cortó el espino. Así cerró un capítulo que, aunque parecía nacido de la ficción, fue tan real que aún se cuenta en las reuniones familiares, como una leyenda que mezcla la vida campesina con lo sobrenatural.
Mauricio Lozano

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