Dicen los viejos del poblado que, cuando el sol se oculta tras los cañaverales y la penumbra se adueña de las acequias, un niño extraño se deja ver. Tiene la piel blanca como la cal y la mirada perdida, y aparece entre los árboles frutales o junto al murmullo del agua.
Algunos aseguran que se muestra a los hombres ebrios que regresan de las fiestas, como si buscara confundirlos. Otros lo han visto llorar en la oscuridad, desnudo y desvalido, pidiendo ayuda con voz quebrada.
Una noche, un poblador que volvía de celebrar escuchó aquel llanto. Siguiendo el sonido, halló al niño en medio de la calle oscura. Compadecido, le preguntó de dónde era, pero el pequeño solo señalaba una calle aún más sombría, rogando que lo llevara allí. El hombre, creyendo que se trataba de un hijo perdido, tomó su mano y caminó con él.
No había avanzado mucho cuando un regador lo detuvo: —¿A dónde va, señor? —Acompaño a este niño a su casa —respondió el poblador. El regador lo miró con asombro y replicó: —Pero… usted no lleva a nadie de la mano.
Un frío helado recorrió entonces el cuerpo del hombre, y el miedo lo envolvió como un sudario. Corrió hasta su hogar y, temblando, narró lo sucedido a su esposa. Al amanecer, comprendió que lo que había visto no era un niño perdido, sino el duende que ronda las noches de Chiclín, espíritu burlón que aparece y desaparece para sembrar el misterio en los corazones de los hombres.
Mauricio Lozano

1 comentario:
Te felicito, porque a pesar de ser tan corto y predecible te logra impactar
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