Cuentan los niños de aquel barrio que, una noche de luna llena, el juego inocente se convirtió en presagio. Eran ocho pequeños que corrían por la calle oscura, desafiando la voz de sus padres que los llamaban al descanso. Entre risas y escondidas, llegaron hasta un corral antiguo, donde la sombra parecía guardar secretos.
De pronto, emergió un burrito blanco como la nieve, de pelaje tan fino que brillaba bajo la luz plateada. Rebuznaba alegre, como invitando a la aventura. Uno tras otro, los niños subieron a su lomo, y el animal, extraño y prodigioso, se estiraba sin límite, siempre ofreciendo espacio para uno más.
Pero la inocencia se quebró. Uno de los pequeños, travieso y burlón, hundió su cuchillo en el anca del animal. El burrito, herido, dio un salto descomunal y arrojó a los siete jinetes al suelo. Luego desapareció en la noche, dejando tras de sí un aire pesado y un olor penetrante.
—¡Azufre! —gritó un padre. —¡Aquí ha estado el diablo! —sentenció otro.
Los niños quedaron inconscientes, con espuma en la boca y mirada perdida. Los mayores corrieron a socorrerlos con agua del susto, hierbas fuertes y la ayuda de un curandero.
Desde entonces, se dice que aquel burrito no era criatura de este mundo, sino disfraz del maligno, que buscaba tentar a los inocentes. Y los viejos del lugar advierten: nunca juegues bajo la luna llena, porque lo que parece un juego puede ser la puerta al infierno.
Mauricio Lozano
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