jueves, 24 de septiembre de 2015

EL TESORO DE PAIJAN

En los años en que la familia Lizarzaburu, afincada en Trujillo, veía desmoronarse su fortuna, la desesperación los llevó a confiar su miseria a un compadre indígena que vivía en Paiján. El hombre, de mirada recia y corazón compasivo, escuchó sus lamentos y, movido por la amistad, les ofreció un socorro insólito: un préstamo en barras de oro.

El indio poseía un escondite secreto, un lugar donde la tierra guardaba celosamente su riqueza. Pero puso condiciones: los Lizarzaburu serían conducidos hasta allí en lomo de bestia, con los ojos vendados, para que jamás conocieran el sitio exacto. Y les advirtió con voz grave que aquel tesoro debía permanecer en silencio absoluto; revelar su origen sería invocar la muerte.

La fortuna repentina transformó a los Lizarzaburu. Sus gestos de poder y abundancia despertaron sospechas en la policía, que pronto los apresó. Bajo presión, quebraron el pacto y confesaron el nombre de su benefactor. La noticia corrió como fuego: un indio de Paiján poseía barras de oro de procedencia incierta.

La policía partió en su búsqueda, pero al llegar a su casa hallaron un cuadro inesperado: el compadre ya había muerto, y su cuerpo reposaba en el velorio. Nadie supo si fue la traición la que precipitó su destino, o si la advertencia era más que una amenaza. Desde entonces, en Paiján se murmura que aquel oro estaba marcado por la desgracia, y que quien lo tocara quedaría condenado.


Mauricio Lozano



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