martes, 1 de noviembre de 2016

EL FAROL DE LA HUACA DE LA CAMPANILLA

En los tiempos antiguos, cuando las noches eran más oscuras y el silencio más profundo, los moradores de Santiago de Cao hablaban de un prodigio que recorría las tierras sagradas: el farol de oro vivo. Nadie sabía de dónde provenía su fulgor, pero todos coincidían en que su luz no era de este mundo.

Decían que el farol emergía desde las tres huacas, avanzando lentamente por los campos dormidos hasta llegar a la huaca de la campanilla. Su cuerpo era grande, majestuoso, y a los costados colgaban diminutos ganchos que parecían plumitas de oro puro, temblando con cada soplo del viento. No era un objeto inerte: brillaba con vida propia, como si respirara.

Los ancianos lo llamaban “oro vivo”, porque su resplandor parecía tener alma. Cuando el farol alcanzaba la huaca de la campanilla, desaparecía sin dejar huella, tragado por la tierra o por el misterio.

Pero la codicia humana no conoce límites. Muchos hombres, cegados por el deseo de riqueza, intentaron atraparlo. Algunos corrieron tras su luz, otros tendieron trampas, y todos desaparecieron. El que tocaba el farol quedaba encantado: su cuerpo se endurecía, su piel se tornaba dorada, y lentamente se hundía en la tierra, transformado en joya de oro puro.

Así se explican las desapariciones que aún hoy se murmuran entre los mayores. Dicen que bajo la huaca de la campanilla descansan los cuerpos de los ambiciosos, convertidos en tesoros eternos, guardianes del oro que nunca podrán poseer.

Y cuando el viento sopla desde las huacas, se escucha un leve tintineo metálico, como si las almas doradas se movieran bajo la tierra, recordando su error. El farol sigue apareciendo, dicen, en las noches sin luna, buscando nuevas miradas que confundan el brillo del oro con la luz de la esperanza.

Mauricio Lozano



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