Dicen los antiguos que, a la medianoche, cuando el río Chicama desciende por las acequias anchas y el murmullo del agua se confunde con el canto de los grillos, se escucha un grito desgarrador. Es el lamento del ahogado, un alma en pena que vaga sin descanso. Los regadores, con sus linternas temblorosas, lo buscan entre las compuertas, pero nunca lo encuentran. Aseguran que su voz engaña: retumba fuerte cuando está lejos y apenas susurra cuando acecha cerca. Y cuando atrapa a los muchachos que se bañan en la acequia, los devora y arroja sus restos como advertencia.
Una vez, cuentan, un bulto emergió de las aguas turbias, llorando con un dolor que helaba la sangre. Los hombres, temerosos, le echaron agua bendita y rezaron un rosario. El espectro se desvaneció, y por un tiempo la acequia volvió a ser tranquila. Pero todos sabían que el ahogado regresaría, porque su muerte sin bendición lo condenaba a vagar, implorando ayuda que pocos comprendían.
En otra noche de luna clara, Don Nicanor volvía de su chacra por la senda estrecha entre cañaverales. El viento soplaba fresco, los grillos cantaban, y de pronto… silencio absoluto. Entonces, un grito desesperado quebró la calma. Era el ahogado, persiguiéndolo con furia. Don Nicanor, sabio en secretos antiguos, corrió hacia la acequia más cercana, pues se decía que el espectro temía al agua. Se zambulló sin pensarlo, dejando caer sus herramientas en la huida.
El ente se acercó, tomando forma humana al borde del canal. Con voz doliente le dijo: —Amigo, he venido a ayudarte. No me temas, no te haré daño.
Pero Don Nicanor, conocedor de su engaño, permaneció sumergido, aferrado al agua como a un escudo. La figura se fue desdibujando, alejándose entre la bruma del amanecer, hasta desaparecer.
Al regresar, creyó que todo había terminado. Sin embargo, al buscar sus herramientas, las halló despedazadas, destrozadas con ira. Era la marca del ahogado, la advertencia de que nadie puede ignorar su pena sin pagar un precio.
Mauricio Lozano

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