martes, 3 de noviembre de 2015

EL POZO DE DON JUAN

En los confines del Valle de Chicama, donde las arenas guardan secretos de pueblos antiguos y las huacas se alzan como cicatrices del tiempo, vivía Don Juan, un huaquero de Paiján. Su vida era un peregrinaje constante tras el brillo del oro, tras las piezas que los antepasados habían enterrado con celo, como si quisieran que jamás fueran tocadas por manos mortales.

Un rumor llegó a sus oídos: en el Cerro Campana, al caer la tarde, emergía un objeto dorado, una campana que resplandecía con los últimos rayos del sol. Muchos la habían visto, pocos la habían perseguido, y ninguno había logrado poseerla. El tesoro se desvanecía como espejismo, dejando tras de sí la locura de quienes lo codiciaban.

Don Juan, cegado por la ambición, reunió a sus hombres y herramientas. Subieron al cerro entre torbellinos de arena, aguardaron el ocaso, y allí, ante sus ojos, la campana dorada emergió desde las entrañas de la tierra. El brillo los hipnotizó. Con palas y picos, cavaron con furia, como si el tiempo mismo se les escapara entre los dedos. Pero el objeto se deshacía con la luz, y la noche los envolvió sin recompensa.

Exhaustos, abandonaron la búsqueda. Don Juan regresó derrotado, dejando tras de sí un foso profundo, cicatriz de su obsesión. Desde entonces, aquel lugar es conocido como “El pozo de Don Juan”, recordatorio de que la codicia nunca alcanza lo que pertenece al misterio.


Mauricio Lozano



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