En las noches de luna llena, cuando los caminos de San José se tiñen de plata y los campos respiran claridad, un viejo sembrador avanzaba lentamente con su pala al hombro. En su boca, un puñado de hojas de coca se deshacía con la paciencia de los años, mientras sus pasos resonaban en la quietud.
De pronto, en la huaca del zapato, una luz insólita se abrió como un relámpago detenido. De ella brotaba un rumor semejante al oleaje del mar, profundo y envolvente. Una pesadez cayó sobre su cuerpo y su espíritu, pero la curiosidad lo empujó hacia adelante, aunque el temor le mordía los huesos.
Allí, en medio de la claridad sobrenatural, se erguía un limonero imposible: sus frutos amarillos brillaban como estrellas atrapadas en la tierra, meciéndose suavemente sin viento alguno. Era un árbol que nadie había sembrado, nacido del misterio. El sembrador dudó, quiso huir, pero sus piernas no respondieron. El temblor lo sacudía entero, hasta que, reuniendo fuerzas desde lo más hondo de su ser, extendió la mano y, esquivando las espinas, arrancó dos limones cercanos. Los guardó en sus bolsillos y, sin mirar atrás, echó a correr con el alma en vilo.
Detrás de él estallaron voces y ruidos, como un coro de sombras que lo perseguía. Corrió sin descanso, cruzó campos, saltó acequias, hasta llegar exhausto a su casa. Se dejó caer en su lecho y el sueño lo envolvió hasta la mañana siguiente.
Al despertar, apenas recordaba la aventura, pero un dolor punzante en la cabeza y la garganta reseca lo atormentaban. Buscando alivio, metió la mano en el bolsillo y halló los limones. Al sacarlos, su asombro fue mayor: los frutos se habían transformado en oro puro. Entonces, la memoria regresó como un río desbordado.
Dicen que con aquel oro compró más tierras y se convirtió en un próspero agricultor, dueño de cosechas abundantes. Y aún hoy, cuando la luna llena ilumina los caminos de San José, los viejos narran la historia del sembrador que encontró en la huaca un árbol de oro, y que tuvo el valor de arrancar sus frutos brillantes.

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