La tarde caía lenta sobre los campos de la hacienda Tulape. El sol, cansado de su jornada, se recostaba en las lomas, tiñendo de oro y púrpura los algarrobos y espinos. Allí, entre matorrales y acequias, dos almas se buscaban en secreto. Eran compadres, unidos por lazos sagrados, pero también por un deseo que ardía más fuerte que cualquier norma o costumbre.
Se refugiaban en la falda de un cerro, convertido en mirador de su pasión. El viento era su cómplice, la luna su guardiana, y las estrellas, testigos mudos de los besos y caricias que se prodigaban. En aquel rincón escondido, la moral de la hacienda no alcanzaba a vigilarlos; allí, el amor prohibido florecía como un fuego indomable.
Los pobladores, ajenos a ese secreto, vivían bajo la disciplina de los capataces y la sombra de los hacendados. Pero los compadres, desnudos entre los juncos y cañaverales, se entregaban a un amor que desafiaba las leyes humanas y divinas. Cada encuentro era fugaz, cada regreso a casa un acto de disimulo, como si llevaran en la piel el silencio de su doble vida.
Hasta que un día, en el mismo cerro donde tantas veces se habían amado, la naturaleza decidió imponer su sentencia. Una fuerza invisible los envolvió, y sus cuerpos, aún enlazados, se endurecieron hasta convertirse en piedra. Allí quedaron, inmortalizados en roca, como advertencia para quienes osaran desafiar los límites del compadrazgo y la moral.
Mauricio Lozano

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