En los tiempos antiguos, cuando Paiján vivía aún bajo la penumbra de lámparas y mechas de kerosene, la noche era dueña de los caminos. A las seis, cuando el sol se ocultaba tras los cañaverales, las calles se llenaban de sombras y murmullos. Nadie osaba salir sin luz, pues se decía que los condenados rondaban, buscando almas desprevenidas.
Los hombres del campo, obligados por la necesidad, enfrentaban la oscuridad con faroles, perros guardianes y brebajes de cañazo que templaban el cuerpo y el espíritu. Bajo la luna y las estrellas, regaban sus tierras y cuidaban su ganado, siempre atentos a los presagios de la mala hora.
Una noche, unos campesinos que llevaban vacas por la bajada hacia el pueblo vieron un espectáculo insólito: un cerdo enorme, acompañado de sus crías, avanzaba lentamente hacia la plaza principal. Intrigados, los hombres apuraron a sus animales y siguieron al extraño cortejo. Al llegar, contemplaron con espanto cómo el cerdo y sus pequeños se sumergían en la vieja pileta de la plaza. Mientras descendían en el agua, su piel se tornaba dorada, y en un instante desaparecieron sin dejar huella.
El rumor se extendió entre los vecinos, y un anciano del lugar explicó con voz grave: “Lo que han visto no son simples animales, sino el encantamiento de un tesoro enterrado bajo esta plaza por los antiguos moradores. Los cerdos aparecen solo en noches de luna llena, cuando el canto de la gallareta anuncia la muerte del día en los lagunares cercanos al mar de Malabrigo.”
Desde entonces, cada vez que la luna ilumina la plaza y alguien recuerda aquel prodigio, los pobladores saben que bajo las aguas duerme un tesoro encantado, custodiado por el cerdo dorado y sus crías, guardianes eternos de la riqueza escondida.
Mauricio Lozano

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