En los años ochenta, cuando el servicio militar era un deber ineludible, muchos jóvenes de Casa Grande fueron enviados al cuartel de Chocope. Entre ellos estaba Joel, un muchacho de diecinueve años, fuerte y alegre, que buscaba en cada reto la afirmación de su valentía.
Una mañana ardiente, Joel y sus camaradas llegaron al poblado de Acequia Paiján, donde el canal de agua corría con ímpetu, arrastrando peces y sueños en su caudal. Allí, bajo el puente, se abría el sifón: un oscuro pasaje que tragaba todo lo que se atrevía a desafiarlo. Los lugareños lo miraban con respeto, pues sabían que aquel remolino era más que un artificio hidráulico: era un umbral peligroso, un guardián de vidas.
Sentado en la baranda, Joel se burló del peligro. “Yo cruzaré el sifón y saldré ileso”, dijo, apostando su orgullo ante los ojos expectantes de sus compañeros. Se despojó de su ropa, se lanzó al agua y, como un héroe temerario, se hundió en el remolino. Solo sus pies se vieron un instante, antes de que el sifón lo devorara.
Los amigos corrieron al otro lado, aguardando su salida. El tiempo pasó, y Joel no emergía. La risa se tornó en silencio, el silencio en miedo, y el miedo en desesperación. Cerraron compuertas, bajaron el caudal, y al fin lo hallaron atrapado entre los gajos de caña de azúcar, inmóvil, vencido por la fuerza del agua.
Desde entonces, los pobladores cuentan que el sifón reclama a los valientes imprudentes, y que la risa de Joel aún resuena en las corrientes, como advertencia para quienes desafían al río. “No jueguen con el sifón”, dicen los viejos, “porque allí mora el recuerdo del soldado que quiso vencer al agua y terminó vencido por ella”.

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