martes, 1 de noviembre de 2016

LA PROCESIÓN DE LOS MUERTOS

Dicen que en Chicama vivía un hombre curioso, de esos que no saben resistirse a mirar por la ventana cuando la noche se vuelve silencio. A medianoche, como un reloj, se levantaba y husmeaba en la penumbra, buscando con ojos ansiosos la figura de alguna muchacha que pasara distraída. Su vicio era la mirada furtiva; su pecado, la curiosidad malsana.

Una noche, al abrir los postigos, no encontró la calma habitual, sino una procesión que avanzaba lentamente por la calle. Antorchas titilaban como estrellas caídas, y los rostros parecían velados por un misterio. El hombre, llevado por su deseo y su indiscreción, salió de la casa y se acercó a una joven. Quiso hablarle, preguntarle quién había muerto, para tener algo que contar al día siguiente. Pero antes de pronunciar palabra, una mujer se interpuso en su camino. Le entregó una vela y le dijo con voz grave: —Mañana vendremos a recogerla. Debe estar encendida, lista para que vengas con nosotros al entierro. Vendremos a la misma hora.

El hombre guardó la vela, y un cansancio súbito lo derrumbó en su cama. Al amanecer, buscó la vela en su mesa de noche… y lo que halló lo heló hasta los huesos: no era vela, sino una canilla de muerto, fría y macabra.

Desesperado, corrió a la iglesia y contó su experiencia al sacerdote. El cura, con gesto severo, le aconsejó: —Lleva agua bendita en un frasco. Cuando la procesión vuelva a pasar, riega tu puerta y reza tres Padres Nuestros y tres Avemarías. Después ven a confesarte.

Llegada la medianoche, el hombre vio otra vez la procesión. Antes de cumplir la orden, sintió que sus fuerzas se desvanecían, como si una sombra quisiera arrastrarlo. Con horror descubrió que los rostros de los caminantes se habían vuelto calaveras, vacíos y hambrientos. Con el último aliento, lanzó el agua bendita sobre el umbral y rezó con desesperación.

Entonces, como si la oración hubiera rasgado el velo de la noche, la procesión se deshizo en la oscuridad, dejando al hombre temblando, pero vivo. Desde aquel día, nunca más volvió a mirar por la ventana a medianoche.


Mauricio Lozano



No hay comentarios: