Cuentan los antiguos pobladores de Casa Grande que, junto a uno los pozos de agua que proveen del liquido elemento hacia el ingenio y hacias las casas de Casa Grande, se alza un cerro pequeño en tamaño, pero grande en secretos: el Cerro Chico. Dicen que cuando la luna llena se posa sobre su cima, el aire se vuelve pesado y las sombras cobran forma. Los que se atreven a pasar por allí en esas noches de plata aseguran haber visto un círculo de figuras fantasmales, sentadas en tronos de piedra, como si asistieran a un consejo de almas perdidas.
En el centro de aquel círculo se levanta un trono mayor, tallado en roca viva, donde reposa un ser que no pertenece a este mundo. Su cuerpo recuerda al de un sapo gigantesco, pero su mirada —dos rayos verdes que cortan la oscuridad— enceguece a quien osa sostenerla. Los ancianos lo llaman el Trono del Diablo, y juran que quien lo contempla queda marcado por la locura o el silencio eterno.
Desde entonces, nadie se atreve a subir al Cerro Chico cuando la luna está llena. Solo el viento se atreve a rozar las piedras, y en su silbido parece escucharse un eco antiguo, como si las almas que allí se sientan aún esperaran el regreso de su señor.
Anonimo

No hay comentarios:
Publicar un comentario