martes, 1 de noviembre de 2016

LOS 100 CHINOS DESAPARECIDOS

En las tierras donde el viento acaricia las arenas de las huacas, un huaquero humilde halló un tesoro imposible: una corona de oro puro, reluciente como el sol atrapado en metal. Con ingenua lealtad, la llevó a su amo, el severo señor Víctor Larco. Pero en vez de gratitud, recibió acusación: “¡Tú me has robado todo este oro!”. Y la sentencia fue muerte. Antes de exhalar su último aliento, el esclavo reveló el secreto: el oro dormía en el corazón de las Tres Huacas.

Larco, cegado por la codicia, envió a cien esclavos chinos a cavar en aquel lugar sagrado. Día tras día, bajo el sol implacable, sus manos abrían la tierra, y poco a poco el oro comenzaba a brillar como estrellas enterradas. Entre el sudor y la fatiga, escucharon una voz misteriosa que les susurraba: “Seguid cavando, hombres, seguid cavando… pronto nos veremos mejor y nos conoceremos mucho más”.

Los esclavos, obedientes, ignoraron el presagio. Uno de ellos advirtió que la huaca se cerraba sobre sí misma, pero nadie lo escuchó. Continuaron cavando, hasta que la tierra, como un monstruo hambriento, se tragó su esfuerzo. Las Tres Huacas se cerraron por completo, sellando para siempre a los cien hombres en un sepulcro de oro y silencio.

Desde entonces, la historia se cuenta con un estremecimiento: Los Cien Chinos Desaparecidos, atrapados en las entrañas de la tierra, guardianes eternos de un tesoro que jamás volverá a ver la luz.


Mauricio Lozano





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