miércoles, 25 de septiembre de 2019
LOS GENTILES
lunes, 2 de septiembre de 2019
EL ORIGEN DEL VALLE CHICAMA
jueves, 15 de agosto de 2019
LOS TÚNELES DE CASA GRANDE
En el anexo de Sausal, en el año 1947, a las dos de la madrugada, un automóvil que trasladaba a un líder sindical fue emboscado en medio de la carretera, entre el cruce hacia aquel pueblo y la vía que conducía a Casa Grande. Bajo la penumbra de la noche, bajo un cielo negro sin estrellas, el vehículo fue interceptado por dos sicarios que buscaban asesinar al dirigente, recién salido de un acuerdo con los pobladores de Sausal que tendría repercusiones en las futuras elecciones presidenciales.
Los malhechores, sin percatarse de que en la parte trasera del auto viajaba uno de los guardaespaldas, descendieron de sus motocicletas y apuntaron sus armas para cumplir con su tarea. Pero fueron sorprendidos por aquel profesional de la seguridad, quien, al ver en peligro la vida de su protegido, disparó desde donde estaba sentado. La puerta trasera se abrió de golpe y el agente salió con una maniobra precisa de defensa armada.
El primer sicario cayó abatido de inmediato. Su compañero, al ver a su cómplice desplomarse, saltó de la moto para salvarse y corrió hacia los cañaverales. Sin embargo, el guardaespaldas volvió a disparar: a cinco metros de distancia, la bala alcanzó al fugitivo en la espalda. El segundo delincuente cayó muerto en el acto, justo cuando intentaba internarse en la espesura.
¿Quién era aquel guardaespaldas que portaba un arma tan poderosa, capaz de acabar con dos sicarios en cuestión de segundos? Su nombre permanece desconocido. Lo que se recuerda es el arma que llevaba siempre en su cinturón, lista para emergencias: una pistola semiautomática Parabellum, popularmente conocida como Luger. De origen alemán, fue uno de los primeros prototipos con un mecanismo especial de repetición, utilizada por soldados y oficiales del Partido Nacionalista Obrero Alemán, más conocido como el Partido Nazi.
La historia que da título a este relato se basa en lo que me contó, muchos años atrás, aquel héroe anónimo que interrumpió el asesinato del caudillo sindical.
“Cuando era joven trabajé como ayudante en la Fábrica de Azúcar de Casa Grande, en tiempos en que aún funcionaba como cooperativa. Participé en una excavación dentro de la planta, exactamente en la sección de Calderos. El jefe nos advirtió que este trabajo sería distinto y que todo lo que viéramos debía quedar en secreto.
En los sótanos de la fábrica había pasajes que conectaban con la Casa Cooperativa, el Cine Casa Grande, la iglesia y la casona El Palomar, donde antaño los alemanes celebraban reuniones y banquetes. Al internarnos en los túneles, encontramos objetos de gran valor histórico: cajas con inscripciones en alemán y el águila tallada de la era pre-Hitler. Dentro había pistolas Luger y rifles Mauser. También hallamos baúles con ropa y utensilios de la época.
Nuestro jefe, atónito, nos hizo jurar silencio. Pero me obsequió una de esas pistolas Luger, pues confiaba en mi disciplina y lealtad. Me contó que, tras la reforma agraria de Juan Velasco Alvarado, algunos alemanes se refugiaron en esos túneles por miedo a represalias. Poco después, los socavones fueron sellados y nunca más se habló de ello… hasta hoy.”
LA LEYENDA DEL CURA SIN CABEZA
En el antiguo convento de Santo Domingo de Guzmán, en el poblado de Chicama, vivía un joven sacerdote cuya devoción era tan profunda como su mirada serena. Servía a los pobres con fervor y obedecía a sus superiores con humildad. Por su entrega, le confiaron el cuidado del huerto monacal, donde el agua del río era su compañera y la oración su alimento.
Una tarde, mientras regaba los surcos, el cura siguió el cauce del río hasta las tierras de don Eliseo Benítez. Allí, entre los reflejos del agua y la brisa del valle, vio a la hija del hacendado bañarse desnuda, como recién nacida del mismo río. La pureza del instante se tornó tentación, y el joven sacerdote quedó prisionero de una visión que lo apartaría para siempre de su fe.
Desde entonces, buscó a la muchacha cada atardecer. Entre los cañaverales y las sombras del huerto, consumaron un amor prohibido, iluminado por la luna y por una lámpara de kerosene que ardía como su deseo. De esa unión nació un hijo, fruto de la pasión y del pecado.
Pero el padre de la joven, cegado por la ira, encerró a su hija y mandó traer a una matrona para que con pócimas borrara la vergüenza. La muchacha murió junto al hijo que llevaba en su vientre. El cura llegó tarde, y al verla agonizar, solo alcanzó a decirle: “Nuestro bebé murió, te esperaré en el cielo.”
Desesperado, subió al campanario del convento y tocó las campanas con furia, anunciando la tragedia al pueblo entero. Desde lo alto, miró a don Eliseo y gritó: “¿Quieres más venganza? Ya la tendrás.” Luego se arrojó al vacío, quebrando su cuerpo y su alma.
Desde aquella noche, cuando la luna mengua sobre el valle, los pobladores aseguran ver la figura de un cura sin cabeza vagando por los caminos. Algunos lo ven como un perro negro que se transforma ante sus ojos; otros escuchan sus lamentos cerca de las acequias o entre los sembríos de caña. Dicen que busca su cabeza y el perdón que nunca halló.
Por eso, si alguna vez caminas solo por el Valle de Chicama, evita las sombras y escucha el silencio. Tal vez oigas el tañido de una campana lejana… o el susurro de un amor que aún no descansa.
EL AULLIDO DEL PERRO
En las noches del valle, cuando el murmullo de las conversaciones se apaga y solo queda el eco de las risas perdidas, un misterio se cierne sobre las casas humildes. Entre los relatos que los ancianos comparten al calor de la lámpara, ninguno provoca tanto silencio como aquel que habla del aullido del perro.
Dicen que no es un simple lamento, sino un presagio. Un sonido prolongado, desgarrador, que atraviesa la piel y congela la sangre del más valiente. Nadie ha podido descifrar qué ve el animal en ese instante: algunos aseguran que contempla el alma del moribundo, suspendida entre este mundo y el otro; otros juran que presencia a la propia muerte, que llega días antes a reclamar lo que le pertenece. Hay quienes creen que el perro siente la densidad invisible de la partida, esa pesadez que anuncia el último suspiro.
Cuando el aullido se alza, los más viejos se persignan con gesto solemne. Sus labios murmuran oraciones breves, plegarias que buscan proteger al alma que se despide y acompañarla en su tránsito. Porque en Chicama, todos saben que tras ese lamento habrá una casa enlutada, un hogar marcado por la visita inevitable.
Así, el perro se convierte en guardián del umbral, mensajero de lo desconocido. Su voz nocturna no es solo un grito: es el eco de la muerte que ronda, el aviso que la tierra escucha antes de entregar a uno de los suyos al silencio eterno.
martes, 18 de junio de 2019
EL CERRO GRANDE Y EL CERRO CHICO
Las festividades en que se rendía culto al dios Su* (sol) llegaron, donde un jovencito agricultor del pueblo, llamado Cupisque, se hacía notar su presencia, llevaba en el hombro una hermosa ave, era la atracción, Muñ al verla, ordena a su doncella que la acompañaba que consiga al ave a cualquier precio para su mascota. Cupisque se negó a hacerlo, aduciendo que era algo especial… para alguien especial, la jovencita decidió hacerlo personalmente, enviando un mensaje, que requería de la presencia del dueño de la hermosa ave. Al enterarse que la persona interesada de esa ave, que la había conseguido muy lejos de la zona donde la tierra está cubierta de árboles y ríos grandes (selva), era la hija del gran jefe Chikama, este, acudió de inmediato a su llamado, con la complicidad de algunos siervos del palacio.
Al estar uno frente al otro, quedaron prendados con una mirada fija sin decir palabra alguna, Cupisque, tomando al ave le ofreció a la bella dama diciendo: “El Dios Su me ha guiado, esta ave es para ti”, Muñ embelezada por la simpatía del muchacho aceptó el presente y le pidió que se alejara por que su padre no le gusta que conversara con personas extrañas, aún más dentro del palacio.
El muchacho se retiró del lugar, en forma sigilosa, así como había entrado y sin dejar de pensar en la belleza de Muñ, ella a su vez enamorada a primera vista, pensaba él. Cupisque fue a sentarse en la parte delantera del palacio, contemplando al frente, esperando que saliera solamente, aunque sea para mirarla un momento y por una vez más. De pronto la bella joven aparece, al percatarse que Cupisque estaba sentado al frente y convencida del amor que había despertado en ella, y que era correspondida; hizo una serie de movimientos para despistar a la guardia saliendo al encuentro del muchacho, sin embargo, fue advertido por el gran Jefe. Cupisque fue capturado y conducido al palacio, allí se enfrentó valientemente a la decisión del gran Jefe, este aceptó la relación por súplicas de la esposa y de la hija misma, posteriormente se casaron, ganándose toda la confianza real, por ser una persona valiente y trabajador, con ideas firmes, partir de allí Chikama tuvo un gran aliado en su gobierno y en su hogar.
Cuando llega la época difícil de la expansión de los reinos de Chimú, Cupisque y Muñ juraron ante el Gran Jefe cuidar y proteger el reino a toda costa, pase lo que pase, imploraron al Dios “Su” y fueron a participar de la sangrienta lucha que se daba en ese momento por la soberanía del cacicazgo. Chikama fue derrotado, al tratar de huir Cupisque y Muñ, imploraron al Dios “Su” ayuda para cumplir con su promesa, este accedió a su petición convirtiéndolos en dos cerros el “Cerro Grande” y el “Cerro Chico” ambos colosos protectores y guardianes del cacicazgo en ese entonces, ahora del pueblo de Sausal, fieles testigos de la vida, historia y tradición en este sector, el edén del valle Chicama.






